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Ayuntamiento de Valladolid

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  • Added April 5, 2018
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    La desaparecida maqueta de Valladolid de León Gil de Palacio

    León Gil de Palacio (Anónimo), de la Biografía del señor don León Gil de Palacio (1892) de Silbén Cordal (Biblioteca Nacional de España, sign. 1-10067)
    Por su carácter de referencia única, los vallisoletanos hemos venido reconstruyendo nuestra vieja ciudad conforme al Plano de Bentura SecoThis link opens in a popup window. Pero lo cierto es que en el siglo XIX Valladolid contó con otra imagen de sí misma igualmente singular: un plano en relieve, hoy desaparecido, que realizó, en 1827, el militar León Gil de PalacioThis link opens in a popup window, autor también  en el año 1830 de otra maqueta en escala 1:432 de la ciudad de MadridThis link opens in a popup window que se encuentra en las dependencias del Museo de Historia de esa ciudad.
    Convento de Nuestra Señora de Prado, Valladolid (1828),
     León Gil de Palacio (Fotografía: Museo de Valladolid)

    Era aquel plano una maqueta de la ciudad que, a decir de la Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid, que lo examinó y lo aprobó, "...destacaba por su exactitud, la escrupulosidad de las mediciones efectuadas sobre el terreno, la esmerada proporción y el minucioso detalle de los alzados, la acertada representación de las fachadas de los edificios principales...".
    Maqueta de Madrid realizada por León Gil de Palacio
    Detalle del Modelo de Madrid. La Puerta del Sol y su entorno en 1830.

    Fotografía: CARLOS TEIXIDOR CADENAS
    Sabemos de aquella maqueta que en 1877 estaba en el almacén municipal, por entonces en la iglesia de San BenitoThis link opens in a popup window. Pasó, ya muy deteriorada, al Museo Arqueológico, acabándose por destruir en 1923. Una pérdida que, por lo excepcional de tal objeto, fue irreparable. 
    Tanto es así que si el Plano de Bentura SecoThis link opens in a popup window es, como se dice y reconoce, un documento único y fundamental para la historia del urbanismo vallisoletano, igualmente lo hubiera sido aquél plano en relieve, maqueta o "modelo en bulto" de la ciudad, que tan esmeradamente construyó León Gil. 
    Las generaciones presentes y futuras pagan caro la desidia y falta de interés histórico de nuestros antepasados. Solo nos queda admirar con cierta envidia la que de Madrid se conserva.
    Fuente: Introducción del libro "Valladolid 1738". Eloisa Wattemberg (Directora del Museo de Valladolid)
  • Added January 13, 2013
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    El antiguo Hospital Provincial de Valladolid


    "La construcción de este Hospital es ejemplo del progreso de la ciudad a finales del siglo XIX, plasmada en la mejora de parques y jardines", de los teatros, de las industrias, de los comercios y de la sanidad. Y en este marco será muy importante el papel de Miguel ÍscarThis link opens in a popup window, Alcalde de Valladolid entre 1877 y 1880.
    El Ministerio de Sanidad y la Diputación encargan a Teodosio Torres el proyecto de un Hospital y de la Facultad de MedicinaThis link opens in a popup window en el Prado de la Magdalena, al norte de la ciudad histórica. Visitará hospitales europeos para realizar un edificio de las mejores características posibles, sobre todo en iluminación y ventilación.
    El complejo se organiza en torno a un patio que separaba la Facultad y el Hospital. Los pabellones de enfermerías en los ángulos, parten de los cuerpos octogonales de comunicación. Hoy se conserva la parte del Hospital, rehabilitada hace pocos años para usos administrativos.
    -Fuente: Guía de Arquitectura Urbana de Valladolid (Roberto   Vivar Cantero)
  • Added March 24, 2019
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    Las desaparecidas Vespasianas o urinarios públicos de superficie en Valladolid.

    Seguramente muchos vallisoletanos habrán visto en las antiguas fotografías y postales de finales del siglo XIX y principios del XX unas curiosas columnas de forma cilíndrica de unos 4 metros de altura, de mayor diámetro en la mitad inferior, que muchos habrán confundido con kioscos o columnas publicitarias. La función real de estas construcciones era la de servir de urinarios públicos. Estos artilugios se encontraban situados en la zona noble de la ciudad, Plaza Mayor, Plaza de Fuente Dorada...
    El término "Vespasiana" no lo ha contemplado nunca la Real Academia en el Diccionario, pero sí en el "Diccionario Manual" de 1927 como galicismo usado en Argentina y Chile, sinónimo de "urinario, mingitorio", manteniéndolo en sus sucesivas ediciones.
    Esta acción se hacía ante todos, en cualquier espacio público, en ambiente comunitario (sin distinción de sexo) y sin "vergüenza", de modo tal que todos eran conocedores y actores de olores, ruidos, formas, etc.
    De hecho, los romanos colocaban unos recipientes denominados "gastra" en las aceras de las calle, para que se usaran como "aliviaderos" para todo deambulante. Curiosamente, "gastra" procede del griego, de "vientre", y para unos significa "vasija panzuda" y para otros "vasija para flores". Estas vasijas recoge-orinas, si estaban alejadas de las "fullonicae" (tintorerías romanas), se transportaban a las mismas; pero lo normal es que tuvieran un conducto por el que fluían directamente a las tinas de las tintorerías, donde, por su alto contenido de amoniaco, eran empleadas para curtir el cuero y limpiar las ropas.
    Vespasiano se atrevió a ponerle tributo a la propia orina, pues "pecunia non olet", derivando este hecho en que se llamara "vespasiana" a la vasija que recogía el orín: "nombre con que se designaban en Roma unas vasijas grandes en forma de medio tonel que Vespasiano instaló en los sitios públicos para que sirviesen de urinarios y por el uso de las cuales se pagaba un impuesto", y que hemos definido como "gastra".
    Esta palabra derivará luego a "pequeño edificio en forma de columna hueca, en cuyo interior estaban establecidos los urinarios públicos". 
    Este artilugio tuvo un gran desarrollo en Francia e Italia, y fueron implantados a partir de mediados del siglo XIX y principios del XX en casi todas las grandes ciudades españolas (Madrid, Bilbao, Toledo, Valladolid, etc.), y, con profusión, en Barcelona a raíz de la Exposición Universal de 1888.
    Significaron un salto cualitativo importante en este tipo de instalaciones. Eran de diseño y fabricación francesa. La estructura era de metal y tenían forma y base circulares con capacidad para seis personas. En la parte superior había una sección poligonal de seis caras que permitían la fijación de publicidad y todo el conjunto era coronado por una cupulita. Las paredes metálicas tenían una trama de agujeros que permitían desde el exterior ver si había alguien en el interior. Esta pared circular más baja era generalmente ocupada también por carteles publicitarios.
    Fuente: http://duquederiansares.blogspot.com/2017/08/1836-durante-la-regencia-de-la-reina.html?m=1This link opens in a popup window
    Fuente: http://barcelofilia.blogspot.com/2012/03/urinari-public-vespasiana-1900s-1910s.htmlThis link opens in a popup window
  • Added April 4, 2018
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    Reviviendo el Valladolid de 1738


    En el Museo de ValladolidThis link opens in a popup window se expone desde 2016 una maqueta que representa el Valladolid de 1738 según el plano del escribano vallisoletano Bentura Seco This link opens in a popup window.
    Para realizarlo Bentura Seco midió calle por calle y plaza por plaza. Tiene una gran similitud con el plano de Madrid del siglo XVII de Pedro Texeira, lo singular de ambos es una visión dual; por una parte se aprecian perfectamente el trazado de las calles y por otra la proyección de los alzados de los edificios principales de la ciudad dentro del diseño de las manzanas.
    Su procedencia y conservación es anecdótica debido a que a principios del siglo XX el arquitecto municipal Juan Agapito y RevillaThis link opens in a popup window, encontró la plancha del plano soportando una mesa en el ayuntamiento de la ciudad. Hoy en día es un documento importantísimo para el estudio y reconocimiento de Valladolid ya que la ciudad durante el siglo XIX y sobre todo el siglo XX ha sufrido una traumática transformación.
    Esta maqueta realizada por Juan José Fernández PérezThis link opens in a popup window reproduce en tres dimensiones la totalidad de dicho plano, logrando un realismo increíble. Si Google Earth hubiera existido en el siglo XVIII nos mostraría la ciudad tal y como la vemos en esta increíble obra de arte que se puede visitar en el citado museo.
    He aquí algunos de los rincones más significativos de la ciudad que nos muestra la magnífica maqueta:
    Plaza de San Pablo y Palacio Real

    Parte trasera de la Catedral e Iglesia de Santa María de la Antigua

    Se puede apreciar el antiguo trazado del Esgueva y sus puentes
    Plaza Mayor

    Zona San Benito
    San Benito
    Puerta del CarmenThis link opens in a popup window (Paseo de Zorrilla), donde hasta hace poco se situaba el Hospital Militar
    Puenta Mayor e Iglesia de San Nicolás en su primitiva ubicación
    Monasterio del Prado
    Plaza de la Universidad
    Otra perspectiva de la zona de San Pablo
    Otra perspectiva de la Plaza Mayor
    Plaza Mayor y sus primitivas callejuelas

  • Added March 23, 2019
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    Relato costumbrista en una tienda de ultramarinos de Valladolid a principios del siglo XX.

    Foto: Fundación Joaquín Díaz
    Mariano García Abril se estableció con comercio propio a comienzos del siglo XX en la calle Librería 2. Continuaba el negocio de su padre, Miguel García, que había tenido tienda en la calle de Cantarranas. El matrimonio de Mariano con Socorro González, hija de otro importante comerciante vallisoletano, Justo González, y hermana de Abel González, sirvió para unir dos estirpes dedicadas desde finales del siglo XIX a los coloniales. Desde el año 1932 el negocio abre un comercio en la calle Regalado 12, construyendo un almacén en la carretera de Madrid 22.
    El siguiente relato fue descrito por el periodista, traductor, crítico literario e hispanista norteamericano William Dean HowellsThis link opens in a popup window que viajó por España y divulgó la imagen del país en su libro de viajes Familiar Spanish TravelsThis link opens in a popup window
    Después de la visita al Museo de Bellas Artes, se sienten muy fatigados para continuar su recorrido por Valladolid a pie. Así que se refugian en una tienda de comestibles que estaba en una esquina para preguntar al tendero dónde podrían encontrar un taxi.
    Comenta, de nuevo utilizando el humor, que parece que está en la naturaleza de las tiendas de comestibles el situarse en las esquinas en todo el mundo. Nos sentimos inclinados a pensar que después de abandonar el Palacio de Santa Cruz, volverían otra vez en dirección al edificio de la Universidad, por la actual calle de Librería y allí en una esquina, encuentran la tienda de comestibles. La tienda se hallaba exactamente en la confluencia de las actuales calles de Librería y de Ruiz Hernández, y no era otra que la tienda de comestibles de Mariano García Abril. De este establecimiento leemos en la página 109 de Aquellos Entrañables Comercios de Valladolid de Ángel Allue Horna y Miguel Ángel Soria (1992):
    "Tienda de comestibles o ultramarinos, como entonces se decía fue ésta, también centenaria de don Mariano García Abril, que hacía esquina a Ruiz Hernández y Librería. Yo contemplé sus surtidos escaparates desde mi niñez cuando salíamos de la temprana misa de los Kostkas, hasta los días de mi juventud cuando cursé la carrera de Derecho. Conocí a don Mariano y a sus hijos y en especial traté a Miguel recientemente fallecido y de quien tengo mis mejores recuerdos, y a Valentín, por fortuna hoy entre nosotros. Fue este establecimiento serio y bien surtido y en él, se dieron cita las primeras marcas de los mejores productos en los días en que el papel de estraza era el común para envolver."
    Howells coincide en presentarnos al tendero como una persona amable y atenta que rápidamente se ofreció a pedir un taxi para nuestros protagonistas. Para ello llamó a un muchachito rubio que estaba fregando el suelo con un cepillo, y le ordenó que fuera a buscar un taxi, algo que el niño realizó con total prontitud. 
    D. Mariano García Abril
    Foto: Fundación Joaquín Díaz
    La escena dentro de la tienda de comestibles resulta un tanto pintoresca y costumbrista. Con la presencia de nuestros protagonistas, los rumores de que hay unos extranjeros (aunque Howells utiliza con humor la palabra «strangers» es decir forasteros o extraños) la tienda se llena de curiosos, que aunque no todos acudían a realizar una compra en principio, la mayoría termina llevando a cabo esta.
    Le llama poderosamente la atención el uso de un par de lo que él va a denominar «conventions» o normas o costumbres en este caso de la casa de comestibles. La primera
    tiene que ver con el pesaje, que en esta época se realizaba por medio de balanzas, romanas, etc. Un anciano llegó con una botella o frasco grande. El tendero puso la botella en un plato de la balanza y vertió su peso en garbanzos en el otro. Entonces llenó la botella con aceite y la pesó, para después darle el aceite junto con los garbanzos al cliente. A Howells le hizo gracia la convención, aunque realmente no entendía el significado, a no ser, pensaba, que los garbanzos se ofrecieran como una especie de regalo por la compra. La siguiente convención le pareció algo más clara y comprensible. Otro anciano con un aire un tanto «feroz» como de torero retirado (de nuevo los tópicos entran en escena) compró todo un «stock-fish» (pescado grande de tipo abadejo, corvina, merluza, etc. desecado sin salar), que según Howells, los españoles comíamos en lugar del bacalao, y el tendero se lo cortó en trocitos de dos pulgadas y lo envolvió cuidadosamente (imaginamos en ese papel de estraza que antes mencionábamos) resultando en una especie de paquetito muy bien hecho. A continuación el tendero le sirvió un vaso de vino de un barril de detrás del mostrador, según Howells, como para «sellar» la transacción comercial que habían realizado. El hombre se dirige a ellos mientras degusta el vino y la escena se completa con una mujer muy gruesa, que les estudiaba con la mirada, aunque de forma amigable.
    Ilustración de Miguel Ángel Soria
    Una vez más, encontramos muestras de ese humor, irónico pero bonachón que caracteriza a Howells en esta escena de la tienda de comestibles. Cuenta que otros vecinos se habían agolpado en el lugar, tan sólo con el fino propósito de verificar esta presencia foránea y disfrutar de la divertida escena: nuestro entrañable protagonista realizando un esfuerzo sobrehumano por hablar español. El tendero estaba contento por la popularidad que la presencia de los americanos le estaba reportando y la aceptaba de buen grado. Finalmente llega el taxi, según Howells, desde el Monte Ararat (presumimos que debió de tardar bastante más de los diez minutos que se suponía iba a tardar) y «con restos del lodo que había provocado el Diluvio». El tendero les conduce hasta el taxi, atravesando la inmensa marea de niños que rodeaba a nuestros protagonistas cada vez que se detenían en algún lugar de Valladolid, marea que aumentaba considerablemente su tamaño con la presencia de la oronda señora. 
    Como era una mañana luminosa, deciden pedir al taxista que abriera el techo del vehículo, pero se encontraron con lo que él denomina irónicamente, otra «convención» o norma del lugar. Parece que ningún taxista respetable de la época, mostraba buena disposición para abrir el techo de su carruaje por una carrera de una duración inferior a una hora. El tendero esperó hasta que se produjo el fin de la negociación, y les abrió la puerta del coche, haciendo una reverencia a modo de despedida. Howells tiene las mejores palabras de agradecimiento para este tendero, a quien denomina «encantador» y afirma que si esta tienda estuviera ubicada en la Sexta Avenida en Nueva York, él sería su cliente mientras allí viviera. En cuanto a aquel niño rubio que fregaba el suelo y fue a buscar el taxi, nuestro autor se pregunta mientras escribe el relato, por qué no se le habría ocurrido negociar con él en aquel momento para llevárselo a América para que estuviera con ellos para siempre. Pero también es cierto que en casi todas las ciudades que visitó en España, siempre encontró un niño al que sintió haber dejado en España (y, por el contrario, a otros muchos que pertenecían a esa muchedumbre que les acosaba en cada parada, y a los que esperaba no volver a ver nunca más).
    Fuente: https://funjdiaz.net/comercio/ficha.php?id=804This link opens in a popup window
    Fuente: VALLADOLID EN LA VISIÓN DE LOS VIAJEROS BRITÁNICOS Y NORTEAMERICANOS (1750-1914) Presentada por D. Antonio Vicente Azofra para optar al grado de Doctor/a por la Universidad de ValladolidThis link opens in a popup window
  • Added June 8, 2012
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    Aquel Valladolid de neón

    Fotografía obtenida del blog Domus Pucelae
    Inmersos como estamos en plena polémica por la más que probable desaparición del histórico rótulo luminoso de "Tio Pepe"This link opens in a popup window de la Puerta del Sol de Madrid, no olvidemos que sobre todo en las décadas 60 y 70 muchos de los edificios del centro de Valladolid estuvieron coronados por estas, vistas desde la perspectiva actual, antiestéticas gigantografías.
    Prácticamente no había edificio de la Plaza MayorThis link opens in a popup window y de la Plaza de ZorrillaThis link opens in a popup window que no tuviese en su azotea una de estas moles luminosas que tan de moda estuvieron en aquellos años.
    Firestone y La Casera escoltaban con sus luces de neón nustra Casa Consistorial
     Philips, en la Casa MantillaThis link opens in a popup window, Telefunken, y Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Salamanca en los edificios que flanquean la entrada a la Calle de SantiagoThis link opens in a popup window y Grundig, Firestone, la Casera y Óptica Iris en la Plaza MayorThis link opens in a popup window iluminaban con sus luces de neón aquellas noches vallisoletanas.
     Que yo sepa no hubo grandes polémicas a la hora de retirar estos a mi modo de ver horribles letreros.
    Viendo las fotografía de la Plaza MayorThis link opens in a popup window me da la impresión de que incluso nuestra Casa ConsistorialThis link opens in a popup window se libró por los pelos de su Tio Pepe particular. 
    Con todo esto no quiero decir que no apoye la permanencia del rótulo de Tio Pepe donde ha estado tantos años o al menos en otro edificio ya que en el fondo forma parte de la historia de nuestra capital.
  • Added August 27, 2012
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    Los antiguos paradores de la Rinconada

    Fotografía realizada hacia 1910

    Por Miguel Ángel Pastor
    "La Red"This link opens in a popup window ocupaba un amplio espacio, detrás de la Plaza MayorThis link opens in a popup window, dedicado a la venta de pescado. En el siglo XIX se convirtió en mercado público, en el cual no sólo se traficaban estas mercancías sino carnes, tocinos y aves. Lo de "La Red"This link opens in a popup window, como puede deducirse, mantenía una preferencia pescatoria. Los historiadores atribuyen a esta plaza diferentes nombres, entre otros "La Rúa", "Rinconada de la Rúa" y "Rinconada del Mercado". Incluso el lugar era lindero a uno de los primitivos barrios de los judíosThis link opens in a popup window, precisamente maltratado por el desinterés de unos y otros. ¿Quien no recuerda la calle de la Sionagoga, la de las Lecheras y otras, en el olvido cercano? Ya, en la inmediata lejanía, diferentes paradores, cuando la plaza había recobrado el nombre con el que se la conoce actualmente, fueron cobijo de viajeros de medio pelo, trajinantes de paso, de mozas del partido.
    El cercano cuartel de Isabel II, posteriormente, en el umbral de la guerra civil, rebautizado como San Quintín, "La Incubadora" como decían, aportó una excepcional prosperidad a este rincón. Cantaban los soldados aquello de  "Si me quieres escribir, ya sabes mi paradero, Regimiento San Quintín, primera fila de fuego", vertiente nacionalista de una canción de guerra. Estos paradores, y algunas tascas cercanas de tosca madera, llenaron de vino bronco y nostalgia a los mozos de Zamora, Salamanca, Asturias y Valladolid, que partían al frente. Si algo de amor y de dolor puede comunicarnos esto que ahoranada nos dice es, fuera de historicismos que poco importan, el recuerdo de quienes bebieron, por última vez, ese vino en jarras y dejaron su juventud, su vida, en las heladas aguas del Ebro, en Brunete o en Teruel.
    -Fuente: 40 imágenes inolvidables. Escenas históricas de Valladolid y provincia
  • Added July 7, 2012
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    Las Callejas de la Plaza Mayor

    El grupo de callejas según el Plano de Bentura Seco de 1738

    Por Joaquín Martín de Uña
    Nuestra Plaza MayorThis link opens in a popup window, reconstruida tras el incendio de 1561This link opens in a popup window, no era el conjunto de bloques de viviendas que actualmente conocemos y cuyo espacio constituye el centro de distribución del tráfico –peatonal y rodado- de las siete calles que confluyen en ella.
    La entrada a la Plaza del Corrillo desde la Plaza MayorThis link opens in a popup window, formaba parte de un conjunto de seis calles situadas en su lado oriental de las cuales a cuatro se las denominó, durante varios siglos, como "Las Callejas" o callejuelas de la Plaza. Junto a dichas callejuelas y el paso al Corrillo se encontraba la calle de San Francisco –hoy un callejónThis link opens in a popup window- cuya salida a la Plaza MayorThis link opens in a popup window está cerrada por el edificio del Banco de Santander.
    Al  fondo, la desaperecida calle La Montera
    Hasta antes de que las llamas destrozaran nuestra primitiva Plaza del Mercado se sabe que, en el lugar ocupado por las Callejas de la Plaza, estuvieron con anterioridad vendedores de frutas y hortalizas, no siendo aventurado pensar en la existencia de pequeñas edificaciones y huertas que aprovecharían las aguas del próximo Esgueva para su cultivo. La reordenación de la zona posterior al siniestro y el –no probado- deseo de Felipe IIThis link opens in a popup window de representar en la nueva "traza" de la ciudad el símbolo católico de la Santa Cruz y otros atributos de la pasión de Cristo –escalera y lanza- pudieron ser la causa del peculiar trazado de las populares y populosas callejas.
    La Calle La Montera iba desde la Plaza Mayor hasta la calle Alarcón
    Hata el 10 de abril de 1863 las callejuelas –cuyo corto trazado debió de considerarse insuficiente para ostentar nombres importantes –fueron conocidas por el número de orden que ocuparon con relación a la actual calle de Lencería: callejuelas Primera, Segunda y Tercera; cruzadas por la callejuela Cuarta –hoy de Alarcón-.
    La desaparecida Calle San Francisco, convertida hoy en callejón al ser cegada por el  edificio del Banco de Santander
    Por acuerdo municipal, adoptado en la fecha citada, pasaron a llamarse calle de D. Alvaro de Luna, quizás por la proximidad al lugar de ejecución del ValidoThis link opens in a popup window; calle de Figones, posiblemente por existir alguno de estos establecimientos en su trazado y calle de la Montera. Cruzadas por la cuarta calleja de la Plaza, única existente en la actualidad, a la que según Juan Agapito y RevillaThis link opens in a popup window, se denominó calle de Alarcón en memoria de "D. Julio Alarcón, Caballero de la Orden de Calatrava y Regidor –Alcalde- de Valladolid por el año 1661".
    En esta vista aérea actual podemos ver la manzana de casas que en la actualidad componen las desaparecidas calles
    En la calle Montera estuvo situado el Gran Hotel Imperial, uno de los primeros establecimientos conocidos con este nombre en nuestra ciudad –que nada tiene que ver con el actual Hotel Imperial de los hermanos Abellán actualmente situado en el nº 4 de la calle del Peso.

    Fuente: Valladolid, una ciudad contada. (Joaquín Martín de Uña)
  • Added August 24, 2020
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    El desaparecido almacén de frutas Hermanos Santaolaya

    En la calle Cardenal Cos (en un lateral de la Catedral) pervivió hasta hace pocos años la fachada de ladrillo rojo del antiguo almacén de frutas de los Hermanos Santaolaya, un negocio que abrió en los años 50 esta familia, que gestionaba otros locales relacionados con la alimentación en la ciudad desde principios de siglo. En 1950 Evaristo Santaolaya recibió un permiso para abrir una abacería (una especie de ultramarinos donde se vendían vinos y licores) en la calle Cardenal Cos 1. En 1974, este edificio pasó a utilizarse como almacén de envases para frutas y verduras. 

    El muro, muy reconocible por sus letras pintadas sobre el ladrillo y un número de teléfono de los de antaño, con cuatro cifras, no estaba protegido ni catalogado. La hemeroteca de El Norte de Castilla guarda varios anuncios de este negocio, capitaneado por Evaristo Sataolaya.  El almacén era un ultramarinos en el que se despachaban productos de alimentación a granel y en el que también se compraba directamente a los agricultores. El último de los anuncios localizados data del 14 de octubre de 1961, cuando en una 'clasificado' se compraba almendra dulce y amarga.

    Dos años después, en 1976, Magdalena Gómez Gabriel recibiría licencia para abrir una guardería que fue ampliada en 1993 (sería entonces cuando asimilaron el patio de Santaolaya a la guardería).

    Fuente: El Norte de CastillaThis link opens in a popup windowultimocero.comThis link opens in a popup window

  • Added September 9, 2012
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    Aquel Valladolid de perfil bajo. Las casas molineras

    A principios del siglo XX inmigrantes procedentes de las zonas rurales castellanas se asentaron en el cinturón exterior de la ciudad, ocupando tierras de labranza y construyendo sus casas al margen de la legalidad. 
    Calle Vegafría
    Se trataba de lo que tradicionalmente se ha venido llamando casas molineras y que constituyó la generalidad del caserío de los últimos años del siglo XIX en la calle Clodoaldo Tranque, avenida de Segovia o el Paseo de San Isidro en el barrio de Las Delicias. Se trataba, pues, de edificaciones dispersas que en su mayoría se habían levantado sin ningún tipo de licencia.
    Calle Vegafría

    Fue en el término denominado Vegafría donde podría haberse concentrado, en un principio, un número mayor de casas molineras.
    Se trataba de casa de planta baja distribuidas en torno a un pasillo central que daba entrada a tres o cuatro habitaciones. Además, estas ocupaban una superficie útil entre cuarenta y cincuenta metros cuadrados, aparte del corral que se ubicaba en la parte trasera.
    Calle Julio Ruiz de Alda
    En ocasiones, con el tiempo los patios ocuparon una superficie que triplicó o cuadruplicó la superficie  construida del inmueble. Sus accesos, a veces, no se situaron en el interior del edificio, sino que inmediatos a ellos, posibilitando la entrada y salida a través, por ejemplo, de un paso de carros.
    En la calle Canarias
    En un primer momento, la solicitud de licencia de obras de una simple tapia de cerramiento o la construcción de un primer cuerpo de fachada podía encerrar la idea de edificar una casa molinera. Además, muchas de estas viviendas mutaron de tipología cuando sobre sus plantas bajas se proyectaron nuevos pisos. De hecho, a la hora de accederse a las licencias de obras, los proyectos de casas molineras debían demostrar que su construcción podía soportar, para el futuro, la elevación de sucesivas plantas. Y así fue.
    Antiguo colegio Calderón de la Barca en la calle Olmedo
    Si damos un paseo por la calle Vegafría y alrededores podemos ver todavía en pie alguna de estas reliquias la mayoría en ruina y abandonada esperando una buena oferta por parte de alguna constructora, cosa que, en los tiempos que corren veo harto difícil.

    -Fuente: El Valladolid de los Ortiz de Urbina. Fco. Javier Dominguez Burrieza
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