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Ayuntamiento de Valladolid

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  • Añadido el 21 de abril de 2015
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    El Puente que nunca fue Colgante

    El segundo puente más antiguo de Valladolid, el Puente Colgante –que, pese a su nombre, no lo es-, celebra este mes 150 años desde su inauguración oficial. Después de 800 años con un único paso sobre el río Pisuerga, el Puente Mayor, la ciudad inauguró su segundo puente el 20 de abril de 1865 . […]
  • Añadido el 5 de abril de 2016
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    El desaparecido Hospital Esgueva: cuando Valladolid perdió la casa de su fundador

    La pérdida de patrimonio que sufrió Valladolid a mediados del siglo pasado tiene uno de sus episodios más tristes en el derribo de la casa de su fundador en 1970, sustituida por un edifico de viviendas en consonancia con el crecimiento demográfico de la ciudad. El palacio del conde Ansúrez, situado en lo que hoy es la […]
  • Añadido el 24 de mayo de 2011
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    Putas, pulgas y piojos en Valladolid


    Parecía una opinión generalizada entre los viajeros extranjeros que pasaron y vivieron en Valladolid, a principios del siglo XVIII, que esta ciudad era poco recomendable, desde el punto de vista higiénico. Sin embargo, las "Ordenanzas para el buen gobierno de la república de Valladolid" del año 1549, así como las posteriores reediciones de siglos sucesivos, hasta la última del año 1886, hacen gran hincapié en la limpieza de las calles. Tal es así que la segunda ordenanza se titulaba "Para todo lo que toca a la limpieza del pueblo" contando nada menos que con 15 capítulos.
    En este sentido, resulta algo difícil hacerse una idea sobre los sistemas de limpieza e higiene de que disponían las ciudades, villas y pueblos en la época medieval y moderna; aunque se puede concluir que debieron ser penosos. Si lo era en una ciudad como Valladolid, comparada con las mejores de Europa: Arras, Bruselas ¿cómo imaginar las poblaciones de menor tamaño? No existía en las villas y pueblos un sistema de alcantarillado, ni canalizaciones, ni desagües, eran las mismas calles que hacían esa función, "las necesidades naturales …se hacían en cacharros y orinales que todos los días se vaciaban en las calles", según describe el viajero Vital. T. Pinheiro es más descriptivo: "…y porque cuanta suciedad y estiércol y pudrición hay en las casas se echa en las calles sin castigo, todas las noches, aún allí donde pasa el río por las puertas …y en lloviendo media hora se reblandece esta brotando lodo que da por la rodilla…". Si existían, en cambio, en algunas viviendas los "pozos negros", los cuales una vez saturados construían otros en la tierra natural.
    Las necesidades naturales …se hacían directamente donde daba el apretón o en cacharros y orinales que todos los días se vaciaban en las calles

    Esto tenía su contrapartida pues las aguas filtradas de numerosos pozos llegaban a los niveles freáticos contaminándolos. ¿Y el estado de las calles? Parece que parte de ellas se encontraban empedradas. Tenemos noticia de que entre 1497 y 1502 la calle de las Damas (hoy Leopoldo Cano) debió ser empedrada; también la calle "que es comienza desde la casa de carrança …y va hacia la iglesia de sant salvador…(año 1499)". En ellas se vertía todo tipo de inmundicias, de otro modo las Ordenanzas no harían tanto hincapié en esos aspectos. Según señala las prohibiciones de los capítulos 3, 4, 5 de la Ordenanza II: la número 4 dice: "Ningún persona vacié a las puertas caldo de tripas"; la nº 8: "Que en los albañales de las casas no se hechen vacinadas ni mal olor".
    A ello hay que añadir la existencia de los dos ramales del río Esgueva que pasaban por el centro de la villa y hacían las veces de cloacas, referido en el quinto capítulo de la Ordenanza II "No se pueden hechar en las esguevas ni ríos cueros a curtir". En fin, que las Ordenanzas estaban hechas para ser transgredidas, el resultado del estado de las calles y la ciudad lo describen viajeros com el francés B. Joly; al llegar a Valladolid dice que "entramos por sucias y fangosas avenidas. Es la más sucia tierra de España, y de más lodo"; también el portugués T. Pinheiro, gran adulador de la ciudad escribe, con olor pestífero… de modo que no dura la vida en Valladolid la mitad que en Lisboa, porque come un polvo en verano y lodo en invierno".
    Al rio Esgueva iban a parar todos los desechos e inmundicias

    El relato del arquero real holandés Enrique Cock es descorazonador: "Valladolid, tiene en abundancia, pícaros, putas, plaitos, polvos, piedras, puercos, piojos, pulgas, y de continuo nieblas que el día casi se iguala con la noche", para a continuación equiparar a Valladolid con un corral de vacas, si se le compara con Flandes, Roma o Venecia. A todo este cúmulo de aspectos ambientales negativos en los que se desarrolla la vida en los núcleos urbanos, si se le añaden años de malas cosechas o inundaciones (que la hubo y numerosas), se obtienen todos los elementos para que las enfermedades prendiesen inmediatamente en la población originando las temibles "pestes". Años de grandes mortandades fueron 1437, 1441, 1457, 1478, 1488, 1495. En el siglo XVI también fueron cíclicas, la de 1507, año en que se cerraron las puertas de la ciudad; la de 1517 originó que la Corte, Chancillería y acaudalados huyeran de la ciudad; la de 1527, y la década de los años 90 fueron terribles, hasta desembocar en la temible pestilencia del año 1599, que causó una mortandad aproximada de unos 500.000 individuos en todo el país.
    Las enfermedades prendieron inmediatamente en la
    población originando las temibles "pestes"

    Hemos de pensar, sin embargo, que estos testimonios sobre Valladolid parecen algo exagerados. Para enmendar todas esas "pes" de Cock que cuelga a Valladolid, está el vallisoletano Dámaso de Frías, quién en su alabanza a la ciudad, no deja lugar a dudas al referir que "si el mundo fuera huevo, Valladolid fuera la yema".

    -Fuente: Historias de Valladolid. (Miguel Ángel Martín Montes). ISBN:84-95389-95-9
  • Añadido el 8 de junio de 2011
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    Septiembre de 1903. Alfonso XIII visita Valladolid


    Por Godofredo Garabito
    En septiembre de 1903 se inauguraron en Valladolid las obras de construcción de la "Granja Experimental de Enseñanza Agrícola". Para la inauguración de las obras iba a contarse con la presencia del monarca Alfonso XIII.
    La visita regia era un acontecimiento al que la ciudad, cuna de reyes, estaba habituada. No en vano habían estado en ella en el último siglo Fernando VII, Isabel II, doña María Cristina y Alfonso XII. De cualquier modo, exigía lógicamente ultimar los preparativos de una manera especialmente cuidadosa. Era una tarea en la que las diversas autoridades pincianas habían de esmerarse. Pese a las dificultades económicas se acordó por mayoría una serie de puntos interesantes:
    1) Inaugurar las obras de edificación de la Granja Experimental, invitando al rey a colocar la primera piedra. Se invitaría al acto a todas las corporaciones oficiales.
    2) Iluminar las fachadas del palacio de la Diputación y levantar un arco conmemorativo.
    3) Colaborar con el Ayuntamiento para dar solemnidad a las funciones de gala, a las representaciones teatrales y a los toros.
    Alfonso XIII con uniforme de gala, desciende del carruaje para saludar a los toreros
    que intervinieron en la corrida regia celebrada el 12 de septiembre de 1903, entre ellos Luis Mazzantini,
    protagonista de un brindis que primero sorprendió y después conmovió al monarca,
    que le regaló un alfiler de esmeraldas y brillantes. / Archivo Editorial.


    4) Dar una comida extraordinaria a los asilados en los centros de beneficencia provincial.
    5) Obsequiar convenientemente a los alcaldes de los pueblos durante su estancia en la capital.
    En los días siguientes la prensa continuó desgranando nuevas acerca de la febril actividad provocada por los preparativos indispensables.
    Al fin, el viernes 4 de septiembre «El Norte de Castilla» se hacía eco del plan del viaje y estancia reales, presentado por el alcalde don Alfredo Queipo de Llano.
    La llegada de Alfonso XIII, en tren, estaba prevista para las 16,00 horas del día 9 de septiembre. Desde la Estación del NorteEste enlace se abrirá en una ventana nueva el cortejo se dirigiría a la CatedralEste enlace se abrirá en una ventana nueva, donde se cantaría un solemne Tedeum, tras lo cual el rey saldría para el palacio de CapitaníaEste enlace se abrirá en una ventana nueva, donde estaba prevista la recepción oficial.
    Arcos de triunfo levantados en Valladolid con motivo de la visita real
    en 1903. entre cuyos actos destacaba la colocación de la primera piedra de la
    Granja Experimental que hoy ocupa la sede presidencial de la Junta de Castilla y León.


    Por la noche la plaza de San PabloEste enlace se abrirá en una ventana nueva había de ser escenario de conciertos de música a cargo de bandas militares, así como de las actuaciones de los orfeones «Pinciano» y «Castilla», sin que faltaran las dulzainas típicas de la tierra. Para el día 10 se preveía la visita a edificios públicos y monumentos de la ciudad, además de una función de gala en el Teatro CalderónEste enlace se abrirá en una ventana nueva. La jornada del día 11 transcurriría entre la celebración del cumpleaños de S.A.R. la Princesa de Asturias, la corrida de toros en honor del joven rey y la función nocturna de fuegos artificiales, con iluminación de la fachada de San PabloEste enlace se abrirá en una ventana nueva.
    Alfonso XIII firmando el acta de colocación de la primera piedra del monumento a Colón

    Al fin el día 12, junto con nuevos agasajos a don Alfonso, se procedería a la inauguración de la Granja Escuela, colocando su primera piedra.
    La última etapa de la estancia real, el día 13, quedaría henchida con una Misa de campaña en el paseo del Campo de MarteEste enlace se abrirá en una ventana nueva y la colocación de la primera piedra de un nuevo monumento, el dedicado a Cristóbal ColónEste enlace se abrirá en una ventana nueva. El rey emplearía la tarde en visitar Palencia. Por último, en la mañana del día 14 abandonaría la ciudad del Pisuerga rumbo a San Sebastián.
    De acuerdo con las costumbres imperantes, la visita real era ocasión que merecía un esfuerzo en el terreno de las labores asistenciales y la satisfacción de las necesidades de los menesterosos. Por ello el Ayuntamiento acordó costear 2.000 raciones para los pobres de la ciudad durante los cuatro días de estancia del rey, a razón de 250 comidas y otras tantas cenas diarias. Así lo señalan, entre otras informaciones, la aparecida el día 5 en «El Norte de Castilla».
    Las noticias de prensa en los días y momentos inmediatamente anteriores a la llegada de Alfonso XIII eran ricas en detalles sobre la preparación de las estancias que ocuparía su majestad, en el palacio de Capitanía, la puesta a punto de la iluminación urbana, los últimos retoques previos al acto religioso previsto en la Santa Iglesia Catedral, obsequios preparados para el rey, ofrecimientos de vajillas de plata para servicio de la familia real, recuerdos conmemorativos del acontecimiento y un largo etcétera.
    Días después de la partida del monarca, el Consistorio decidió agradecer la visita regia cambiando el nombre de la popular «Acera de RecoletosEste enlace se abrirá en una ventana nueva», que pasaba a denominarse de «Alfonso XIII».
    El Consistorio decidió agradecer la visita regia cambiando
    el nombre de la popular «Acera de Recoletos», que pasaba a denominarse de «Alfonso XIII»


    Abundando en el regocijo que también habían manifestado otros medios, el semanario «Castilla», una semana después de haberse despedido el monarca, seguía haciéndose eco del orgullo irrefrenable que henchía a muchos ciudadanos y autoridades:
    «Ni un solo lunar ha existido en el viaje…». Incluso llega a rozar la exaltación lírica cuando, recordando el paso del rey bajo el arco levantado por la Sociedad Industrial Castellana, afirma:
    «Las esbeltas chimeneas comenzaron a echar humo oloroso, que completamente parecía incienso quemado en aras del trabajo y de la virtud. El espectáculo fue verdaderamente emocionante, pues desde el Sol para abajo, todo era alegría, cariño, belleza»
  • Añadido el 23 de febrero de 2014
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    El último garrote vil

    Dibujo de Carmelo López de Arce
    En febrero de 2015 se cumplirán 60 años de la ejecución a garrote vilEste enlace se abrirá en una ventana nueva del último ajusticiado en Valladolid D. Pedro Morejón Fernández "el Mosco". En la biblioteca de la Audiencia de Valladolid se conservan dos juegos de este sistema de pena capital que fue usado por última vez en 1974 y que estuvieron guardados en sus olvidados sótanos. Valladolid se convirtió en cita obligada de los ejecutores de la justicia, lo que explica que los garrotes de Cáceres y Barcelona acumulen óxido junto a los polvorientos legados que guardan las historias más o menos tenebrosas de la vida judicial de estas tierras. No debía estar bien retribuido el oficio cuando nadie quiso en Valladolid encargarse de "el Mosco".
    En Villamuriel de Cerrato aquel 5 de diciembre de 1952, Pedro Morejón (un obrero agrícola soltero de 21 años) se aburría junto a su casa haciendo una pelota de lana.
    Cuando Cesárea cruzó junto a su puerta precedente de misa recordó que la solitaria mujer acababa de vender una tierra. Sin pensarlo mucho penetró en la vivienda de su convecina, asaltandola y estrángulándola. El crimen le reportó al "Mosco" un exíguo botín. La anciana apenas llevaba un billete de cinco pesetas encima y otras 60 en su monedero.
    Tras cortarse las uñas y lavarse las manos para no dejar huellas, Morejón compró tabaco en el estanco con el dinero robado y se fue con un amigo al cercano Aguilar de Campos donde ahogó la convulsión del momento en la cantina de "Cavila".
    Para acompañar el nuevo giro que daba su vida decidió tentar a la suerte con dos décimos de la lotería de Navidad. 
    Audiencia Provincial de Valladolid
    Sus contínuas visitas a Aguilar para preparar su coartada no le valieron. La Guardia Civil le detuvo cuatro días después. Del botín solo quedaban cinco pesetas. Tras la vista oral que se celebró diez meses después, la Sala de lo Criminal apenas necesitó cuatro días para condenarle a la pena capital. El tribunal calificó los hechos como robo con homicidio y le condenó con las agravantes de "desprecio de sexo en la propia morada de la ofendida" y "alevosa" ante el carácter "joven y hercúleo" del agresor. Los intentos de la defensa de convencer al Supremo de que separara el delito de robo del de homicidio, y el recordatorio de que Pedro Morejón sufrió erosiones en la mano izquierda que demostrarían que Cesarea "se apercibió del ataque y se defendió" no prosperó.
    La Sala Segunda del Tribunal Supremo se limitó a confirmar la sentencia sin modificar ni una sola coma, lo que enterró la penúltima posibilidad del "Mosco" de evitar el garrote.
    Cerrada la vía judicial tan sólo quedaba la política, marcada en la época por una ejemplaridad que hacía concebir mínimas esperanzas.
    Garrote Vil conservado en la Audiencia de Valladolid
    "Creo que los magistrados que le condenaron rezaron siempre para que la ejecución no se produjera" aseguró el presidente de La Piedad.
    Unas oraciones que de nada le sirvieron a Pero Morejón, un "insolvente de mala conducta" que pasará a la historia como el último ajusticiado por garrote vil en Valladolid.
    Garrote Vil conservado en la Audiencia de Valladolid
    La Cofradía de la PiedadEste enlace se abrirá en una ventana nueva, cuya labor de asistencia y amparo a los penados era tradicional desde su fundación ayudó al último condenado a garrote vil, Pedro Morejón Fernández "el mosco", en Valladolid a las 6 de la madrugada del 14 de febrero de 1955, al que la cofradía auxilió compartiendo con él la última cena (menú de tortilla de patatas y merluza rebozada, todo ello regado con clarete de la tierra), y haciéndose cargo de su cuerpo. De sus arcas salió el dinero para el nicho en que fue enterrado, cuya sepultura ha tenido en propiedad durante treinta años.
    -Fuente: El Norte de Castilla (19 de junio de 1994). Antonio Corbillón
  • Añadido el 10 de julio de 2013
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    El derrumbe de la torre de la Catedral

    Fotomontaje de Juan Carlos Urueña Paredes (www.azulín.esEste enlace se abrirá en una ventana nueva), portada del libro La buena MozaEste enlace se abrirá en una ventana nueva
    de Miguel Ángel Galguera

    El mes de mayo de 1841 había comenzado en Valladolid con muy mal tiempo, con lluvias torrenciales y vientos de mucha fuerza. Durante todo el mes siguió más o menos la lluvia y el viento. El día 31, segundo día de la Pascua de Pentecostés, se celebraron en la catedralEste enlace se abrirá en una ventana nueva los Oficios correspondientes y los vallisoletanos se disponían a ir a la romería del Carmen, según la costumbre. A las 12 de la mañana arreció el temporal de agua, viento y granizo y los ciudadanos tuvieron que ponerse a refugio en sus casas. A las 3 de la tarde cesó la tormenta y la vida volvió a su quehacer diario. Horas después, cerca de las 5 de la tarde Valladolid se vio conmocionada con un ruido terrible y las casas cercanas sintieron una gran trepidación como consecuencia del derrumbe de la torre que se había venido abajo casi por completo, a partir del último cuerpo, el ochavado, donde estaban colocadas las campanas, arrastrando gran parte del tercer y segundo cuerpo, con el reloj incluido. Parte del derrumbe cayó a plomo sobre la fábrica de la catedralEste enlace se abrirá en una ventana nueva, sobre la capilla del Sagrario, destrozando la bóveda, y parte cayó sobre el lado que daba a poniente, cegando momentáneamente el cauce del río Esgueva. En su caída se llevó por delante las bóvedas, vigueteados, escaleras, balaustradas y cornisamientos y el antiguo rollo conocido como el león de la catedralEste enlace se abrirá en una ventana nueva que había sido trasladado desde la plaza de Santa María al atrio de la catedral. Tanto el historiador Matías Sangrador y Vítores como el periodista José Ortega Zapata narraron punto por punto estos acontecimientos. Ortega Zapata lo comentaba así:
    […] fue como si hubiesen disparado muchos cañones a la vez; y la ciudad y las habitaciones de las casas se vieron envueltas en densísima nube de polvo, casi impalpable, pero que asfixiaba […]
    Grabado de Fournier que muestra la fachada de la catedral
    de Valladolid antes de la caída de la torre en 1841

    No hubo ningún muerto y sólo dos personas resultaron dañadas: el campanero Juan Martínez y su esposa Valeriana PérezEste enlace se abrirá en una ventana nueva que tenían su vivienda en la torre en un cuarto junto al campanario. Al campanero le dio tiempo de cobijarse en uno de los vanos del tercer cuerpo que por fortuna no cayó con el derrumbe, pero la campanera cayó junto con los elementos de la torre que la "depositaron" entre escombros en la capilla del Sacramento, protegida por una viga. La mujer pasó 30 horas en aquella posición hasta que fue rescatada; estaba maltrecha y muy golpeada pero con vida.
    Intervención de las autoridades
    Las autoridades municipales, civiles, militares y religiosas acudieron sin demora al lugar de los hechos y se reunieron para decidir urgentemente los pasos a seguir. Llegó el alcalde Mariano Campesino, las tropas de guarnición, organizaron grupos de observación para estar alertas a posibles nuevos desprendimientos, otros grupos para el orden público, otros para salvaguardar el resto de la catedralEste enlace se abrirá en una ventana nueva y evitar el pillaje. También fue incluido como ayuda y mano de obra un grupo de presidiarios de los que estaban confinados en las dependencias del monasterio de San Pablo. A continuación llegaron los arquitectos, los maestros de obra y varios albañiles provistos con sus herramientas.
    Decidieron trasladar todos los objetos de la iglesia a otras parroquias y el alcalde tomó posesión de las llaves de las puertas para dejarlas bien cerradas y abrirlas sólo para que los obreros pudieran entrar y salir en el transcurso de las obras que empezarían muy pronto. El Cabildo catedralicio agradeció a todos su presencia y ayuda y así lo hizo constar en el Libro de Actas.
    Dibujo de Isidoro Domínguez Díez que muestra el derrumbamiento de la torre de la catedral de Valladolid.

    Desmantelamiento de las ruinas
    El informe de los arquitectos a la vista de cómo había quedado la torre fue desalentador. "El estado que presenta la torre es completamente desesperado". El Ayuntamiento tenía prisa por emplear medidas eficaces para evitar daños mayores de futuros desprendimientos de las ruinas que aún quedaban en pie. Se procedió en primer lugar a despejar toda la zona de los escombros caídos y una vez realizado este trabajo y siguiendo los consejos de los profesionales, se tomó la decisión de hacer el desmonte de la parte de la cúpula y del octógono que se mantenía en pie de forma muy insegura. Tanto el Ayuntamiento como el Cabildo se encontraban bastante escasos de fondos pero además no era fácil encontrar gente que quisiera hacer un trabajo tan peligroso. Fue entonces cuando se presentó voluntario Francisco González, un presidiario que cumplía condena por homicidio y que presentó un plan para proceder al derribo, con un presupuesto bastante bajo de 10.500 reales y como pago de su trabajo, la exención de su pena; los arquitectos estudiaron y aprobaron el plan que se fue desarrollando con éxito y que concluyó el 14 de agosto de 1841.
    Pero las autoridades no se conformaron con el desmonte de lo estrictamente ruinoso considerándolo insuficiente y decidieron que debía continuarse hasta llegar al primer cuerpo de la torre, es decir a la misma altura en que se encontraba la base de la torre de la parte este. Francisco González estuvo de acuerdo en seguir con la obra emprendida, pero esta vez cobrando, ya que había cumplido con lo pactado anteriormente. El Ayuntamiento le entregó 170.000 reales y la demolición continuó hasta la altura en que puede verse en la actualidad. Mientras tanto se iba haciendo muy despacio la labor de despejar los escombros acumulados de nuevo, salvando en lo posible los materiales que pudieran servir. Los compró el Ayuntamiento y se ocupó de su traslado, pero el resto de cascotes y escombro inútil permaneció en el sitio hasta el año 1843. También se fueron abriendo las calles afectadas, para que la ciudad volviera poco a poco a la normalidad.
    Restos de la torre hundida en 1841 tras el proceso de demolición, con
    la cornisa destrozada por el efecto de la caída de las piedras.

    Así quedó la primera y única torre de la catedral que nunca más fue levantada de nuevo. La catedral se vio sin torre, sin campanas y sin reloj. Las campanas y el reloj eran todo un símbolo y una necesidad para la población que confiaba tanto en unas como en otro, para los acontecimientos religiosos y de otra índole y para la distribución de su tiempo. La torre de la catedral y su reloj se veían desde cualquier punto de Valladolid y esa referencia se había perdido para siempre. Así, la vecina Universidad tuvo que construir una torre propia en 1857 para poder colocar un reloj en ella, pues hasta 1841 se había regido por el reloj catedralicio.
    Torre del lado de la epístola
    La segunda torre, la que se conserva, es obra del siglo XIX. Su primer cuerpo, de planta cuadrada, estaba ya edificado en simetría con la torre de poniente.
    En 1848 hubo un primer intento de reconstruir la torre perdida, pues el Cabildo pidió al arquitecto Epifanio Martínez de Velasco un estudio sobre el particular. Esto no siguió adelante hasta que en 1861 el Cabildo pidió al arquitecto Vicente Miranda un informe para levantar la torre en el mismo lugar que la anterior. El arquitecto, abrumado por la responsabilidad, pidió la creación de una comisión de arquitectos para ello, lo que se llevó a cabo. Estaba formada por Miranda, Jerónimo Ortiz de Urbina, Segundo Rezola y José Fernández Sierra, bajo la dirección de Antonio Iturralde Montel. Decidieron llevar a cabo una serie de catas en la base de la torre perdida y en la del lado de la Epístola. Un año después, en 1862, firmaban el proyecto. Éste trataba de construir ambas torres de la fachada de la Catedral siguiendo la forma de la torre desaparecida (es decir la torre trazada por Herrera más el remate ochavado) pero suprimiendo el segundo cuerpo de la torre, que tenía en los alzados dos ventanas superpuestas. Así, las torres proyectadas eran notablemente más bajas que la desaparecida, pero más económicas. No obstante, el proyecto no se pudo realizar por falta de fondos.
    En 1878 se decidió construir la torre del lado de la Epístola siguiendo el proyecto de 1862. La dirección recayó en Antonio Iturralde Montel. En 1879 se subastaron las obras y empezaron a agruparse materiales en la Plaza de la Universidad. En 1880 se iniciaron las obras, con gran fuerza. Para subir las piedras, se instalaron dos máquinas de vapor. A finales de año, el cuerpo de base cuadrada con los grandes arcos (el segundo piso) estaba ya a la altura de los arranques de los arcos y se empezaban a montar las cimbras para realizarlos. Sin embargo, la falta de fondos hizo que las obras se pararan poco después. En la primavera de 1884 las obras comenzaron de nuevo. A finales del verano, estaba ya concluido el segundo piso, con sus grandes arcos, hasta la barandilla. Durante el otoño e invierno, se construyó el cuerpo octogonal y se subieron las campanas el 27 de marzo.
    La Catedral sin las dos torres

    La torre, sin la cúpula de remate ni el cuerpo ochavado finalizado (de los ocho arcos para las campanas sólo tenía terminados dos), se inauguró el 4 de abril de 1885, día de Sábado Santo, en la Vigilia Pascual, que antes de 1951 se celebraba el sábado por la mañana en vez de por la noche. El acto comenzó con el toque a Gloria de la campana dedicada a San Miguel Arcángel, que procedía de la antigua torre derrumbada y que se había guardado y conservado.En agosto de este mismo año de 1885 se terminaron los arcos restantes y a las 5 de la tarde del día 11, el arzobispo de Valladolid Benito Sanz y Forés, en otra solemne ceremonia bendijo los arcos concluidos y la colocación de las otras cinco campanas.
    La torre durante la fase de construcción
    Pronto empezaron las críticas por la escasa esbeltez y altura de la torre (es fácil imaginarse el efecto sustrayendo de la torre actual la estatua del sagrado Corazón, cúpula, y el piso del reloj y tercer piso del cuerpo ochavado) y porque las campanas no se oían por ser demasiado baja la torre. Así, Antonio Iturralde se vio obligado a hacerla más alta que lo proyectado en un principio. A principios de 1886 se aprueba el proyecto de reforma de la torre, que añadía sobre lo construido dos pisos más, ochavados, uno con el reloj y otro con una nueva sala de campanas, rematando con cúpula. A principios de la primavera de 1887 se terminaba el cuerpo del reloj y a finales del verano se estaban terminando los arcos del último piso ochavado, la nueva sala de campanas. En ese momento, surgen dudas sobre la estabilidad de la torre, pues Iturralde no había hecho cálculos de pesos ni de resistencia de materiales. Solventados estos problemas, en 1888 se subían las campanas al tercer piso del cuerpo ochavado, donde hoy se siguen encontrando. La torre se remató en 1890 con un tejado de escasa pendiente en lugar de la cúpula proyectada y un pararrayos.
    Todavía quedaba por terminar el remate de la balaustrada, la cúpula y una linterna con que debía rematarse el proyecto. La falta de recursos hizo que de momento se cubriera de forma provisional a la espera de su culminación que llegaría años después.
    Fachada de la catedral de Valladolid. La fotografía es anterior a1923 por lo que la torre se encuentra sin la estatua del Sagrado Corazón.

    Fin de las obras
    En 1911 se instaló en la torre un reloj de cuatro esferas. En 1923 continuaron las obras para la culminación. Se construyó la cúpula, pero la linterna proyectada fue sustituida por la estatua del Sagrado Corazón, obra del escultor Ramón Núñez y en 1924 con la instalación del pararrayos en la estatua, se dio por finalizada la obra de la construcción de esta torre que se había iniciado en 1880.
    Estado actual de la Catedral

    Es lunes de Pentecostés del años 1841, mientras la gente regresaba de la romería del Carmen de Extramuros, la torre de la catedral de Valladolid -a la que los ciudadanos llamaban con orgullo la Buena Moza- se vino al suelo con gran estrépito arrastrando en su caída a Valeriana, la mujer del campanero. Recuperando algunos personajes reales e inventando otros, Miguel Ángel Galguera nos traslada, a partir de este singular episodio de la historia, a una época de bravucones y señores, guapas y trabajadores, gitanos y alguaciles, que verán cómo un gallego es el único capaz de tumbarse él solo a la Buena Moza de Valladolid.

    -Fuente:http://es.wikipedia.org/wiki/Torres_de_la_catedral_de_ValladolidEste enlace se abrirá en una ventana nueva
  • Añadido el 2 de marzo de 2012
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    Valladolid bajo las bombas.


    Por Enrique Berzal
    Terror a la represión, por supuesto, pero también a los bombardeos de la aviación republicana: de hecho, Valladolid fue la sexta ciudad de la retaguardia más bombardeada después de Córdoba, Palma de Mallorca, Granada, Ávila y Sevilla. El ruido de sirenas era algo aterrador: De súbito, familias enteras bajaban a los sótanos para ponerse a salvo. Junto a los refugios improvisados, las autoridades terminaron proyectando otros en la Plaza Mayor y en Fuente Dorada, mientras los vallisoletanos costeaban la construcción del aeropuerto de Villanubla para hacer frente a los aviones «enemigos».
    A la izquierda, sede de 'Diario Regional', donde se
    registró un fuerte bombardeo en abril de 1937

    Según la prensa, fueron nueve los bombardeos en la capital y otros once en seis localidades de la provincia; hay quien habla de más de 50 muertos, mientras otros aportan una cifra precisa: 68 y 325 heridos. El Norte de Castilla, por su parte, consigna 412 afectados por los 20 bombardeos acontecidos en la provincia.
    Hace unos años, José Delfín Val tuvo la deferencia de hacerme llegar un informe sencillo, elaborado en marzo de 1938 por la Delegación local de Falange, que daba cuenta, con todo detalle, de los bombardeos acaecidos en la capital. Arrojaba la cifra de diez ataques, 183 muertos y 861 heridos.
    He aquí los datos concretos: todo comenzó un 1 de agosto de 1936 a las 8:30 de la mañana: 30 cuerpos sin vida y 120 heridos. Dos días después los aviones asediaban la capital mañana y tarde, con 12 horas exactas de diferencia. Entre uno y otro bombardeo fueron 29 las víctimas mortales y 126 los heridos. El día 5 no dejaron que llegase la hora del aperitivo: a la una de la tarde se cobraban 25 muertos y 110 heridos. Luego, un mes y 18 días de tranquilidad. El 23 de septiembre, a las 12:30, una bomba acababa con la vida de dos personas y 130 quedaban afectadas con heridas de distinta envergadura.
    Combatientes de Valladolid, en el Alto del León.

    La mañana del 8 de abril de 1937 fue estremecedora: un nuevo avión segaba la vida de 60 vallisoletanos y hería a 24. El 21 de mayo ocurrió a las tres de la tarde: esta vez dejó 15 muertos y 60 heridos. No habían pasado 24 horas cuando otro artefacto acababa con la vida de 7 personas y hería a otras 20. El bombardeo del 16 de agosto produjo la muerte de una mujer y dejó cinco heridos. De ahí que a finales de año la Cámara de la Propiedad Urbana hiciera un llamamiento a los vallisoletanos para que engrosasen «las Mutualidades para cubrir el riesgo de bombardeos».
    Hasta que llegó el fin. Era enero de 1938 y el ejército republicano atravesaba malos momentos. La batalla de Teruel aún no había decidido nada y los dos ejércitos se mantenían con las espadas en alto. Todos se preparaban para el combate decisivo.
    El día 25, la aviación republicana bombardeó Sevilla y Valladolid en una operación auspiciada por el general ruso 'Duglas' e Hidalgo de Cisneros, comandante en jefe del arma. En la ciudad del Pisuerga se cobró la vida de 14 personas e hirió a otras 70. Indalecio Prieto, ministro republicano de Marina y Aire, protestó: la decisión había sido tomada a espaldas suyas. 48 horas más tarde, los nacionalistas respondían con un violento raid sobre Barcelona que produjo 150 muertos y 500 heridos. Un mes después, el 'Nuevo Estado' franquista recibía una nota de Prieto proponiendo el cese de los bombardeos de ciudades por ambos bandos. La respuesta de Franco fue que allá donde existiera industria de guerra se seguiría bombardeando.

  • Añadido el 28 de enero de 2013
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    La tragedia de la Discoteca Siete Siete

    FOTO: G.VILLAMIIL Y R. GOMEZ
    (El Norte de Castilla)

    Eran las 6:15 de la mañana de aquel 6 de octubre de 1996 en la Avenida de Santa Teresa nº 34, en el barrio de la Rondilla, cuando los últimos clientes abandonaban la discoteca Siete Siete. El local ya había cerrado, y los empleados hacían caja y recogían las copas vacías. En la discoteca había unas 20 personas  según relataron algunos testigos. Minutos después los bomberos reciben varias llamadas. Un incendio que en principio había sido controlado con un extintor por Jesús Arranz Sanz, uno de los propietarios del establecimiento, se reavivó produciendo grandes llamaradas y una intensa humareda. La discoteca cumplía los requisitos de seguridad, según las autoridades. Las causas del siniestro no se han determinado, aunque varios testigos afirmaron que el fuego se debió a una colilla o un papel encendido debajo de unos sillones.
    Lucía Escudero Martínez, de  51 años, que trabajaba como guardarropa en el establecimiento, no consiguió llegar a la puerta. Mari Carmen Velasco González, una cuellarana de 37 años que, al parecer, había regresado a la discoteca para recoger su bolso, tampoco logró encontrar la salida. Las dos mujeres fueron las primeras víctimas, cuyos cadáveres calcinados fueron rescatados sobre las 9,30 de la madrugada.

    Foto: ABC
    Dos horas antes, el sargento del Cuerpo de Bomberos José Luis Vidal Arias, de 39 años, y el bombero Juan Carlos Matarranz de las Moras, de 34, quedaron envueltos en humo y llamas cuando buscaban los cadáveres de las dos mujeres. Habían logrado llegar hasta el guardarropa de la discoteca con equipos autónomos, pero los accesos se habían convertido en el tiro de una chimenea gigante que les retuvo de forma trágica.
    El suboficial Gerardo Abia Romero había bajado con ellos y fue el único que consiguió salir.
    A pesar de producirse quemaduras en la mano izquierda y en una oreja participó activamente en la búsqueda de sus compañeros y en el rescate de las dos mujeres. Sólo cuando el siniestro fue totalmente controlado accedió a trasladarse al Hospital del Río Hortega.
    Así informó El Norte de Castilla
    A pesar de la fatiga y la emoción, el suboficial Gerardo Abia cambió su botella de oxígeno en varias ocasiones para ayudar a localizar los cuerpos de las cuatro personas, que no empezaron a ser evacuadas hasta poco después de las 8,30 de la mañana.
    En total cuatro personas murieron y otras seis resultaron heridas.
    Los 44 vecinos del edificio en el que se encuentra la discoteca fueron desalojados inmediatamente por Protección Civil, debido al peligro de inhalación de humo y por su propia seguridad, ante la duda de si el fuego había afectado a la estructura del edificio. Según el alcalde, tras la inspección técnica de los responsables municipales se determinó que "las normas de seguridad con que contaba el establecimiento impidió males mayores, tanto en la estructura del inmueble como en cuanto a víctimas". Además de la destrucción de la discoteca, las dos casas más próximas, que se encontraban sobre la sala de fiestas, resultaron seriamente afectadas.

    Foto: Ramón Gómez (El Norte de Castilla)

    La única persona condenada por el incendio en la discoteca Siete Siete, fue el dueño de la sala de fiestas Jesús Arranz que fue condenado el 26 de octubre de 2000 por el Juzgado de lo Penal número 2 por dos faltas por homicidio correspondientes a las muertes de la empleada de la discoteca, Lucía Escudero Martínez, y de la clienta María del Carmen Velasco González, y por otras cinco faltas más de lesiones por imprudencia leve de los cinco heridos en el suceso.

    Ver mapa más grandeEste enlace se abrirá en una ventana nueva

    -Fuentes: El Norte de Castilla, El País, Diario ABC

  • Añadido el 12 de julio de 2011
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    El primer semáforo de Valladolid

    Primer semáforo de Valladolid, en la calle Regalado

    A mediados del siglo XX Valladolid estaba creciendo en todos los sentidos. La ciudad alcanzaba ya los 140.000 habitantes lo que se hacía notar en un espectacular incremento del parque de vehículos a motor, por encima de los 9.000 en 1957.
    Aunque todavía transitaban carros de tracción animal por nuestras calles, éstas ya estaban empezando a ser tomadas por automóviles y motocicletas que inexorablemente iban a cambiar los ritmos y costumbres de una apacible ciudad provinciana. La gente estaba acostumbrada a cruzar por donde le daba la real gana y era frecuente que los chicos convirtieran la calle en improvisado campo de futbol, sin que los coches que transitaban de vez en cuando supusieran ningún peligro.
    Pero en pocos años aquella tranquilidad se vio amenazada como lo acreditaba la notable subida en el número de siniestros con víctimas registrados en el casco urbano durante el año anterior, concretamente 2 muertos y 54 heridos como consecuencia de colisiones entre vehículos y 5 muertos y 77 heridos por atropellos. Esta cifras fueron consideradas alarmantes tanto por los medios informativos como por el Ayuntamiento que, al tiempo que recomendaban más cuidado y disciplina a peatones y conductores, se plantearon muy en serio la necesidad de impulsar una reordenación del tráfico. El alcalde don José González Regueral, anunció que en la segunda semana del mes de enero de 1957, una vez concluidas las fiestas navideñas, se iba a acometer la tan demandada reforma del tráfico con la implantación de discos prohibiendo todo lo que hasta entonces había estado permitido.
    Aunque los semáforos se implantaron por el creciente tráfico de Valladolid, en los primeros meses
    de su funcionamiento aún era posible ver imágenes tan insólitas como ésta, con un
    carro girando desde la calle Regalado a Duque de la Victoria y el guardia urbano
    vigilando la maniobra, como si no se fiara de la eficacia del semáforo que se ve a la izquierda

    La Corporación Municipal encargó a la Sociedad Ibérica de Construcciones Eléctricas la fabricación en hierro fundido, de los postes necesarios para regular el cruce de Duque de la VictoriaEste enlace se abrirá en una ventana nueva con General Mola y Regalado que, según los informes técnicos, era el más conflictivo. Los cronistas municipales explicaban en sus comentarios previos a la definitiva instalación las características y funcionamiento de los semáforos, como si la gente nunca hubiera visto uno, hablando del cometido de cada uno de los tres discos luminosos y de la obligatoriedad de que todos, conductores y peatones, respetaran el significado de los colores. Y por fin, en el comienzo de las ferias y fiestas de San MateoEste enlace se abrirá en una ventana nueva del 57 se produjo la inauguración del primer cruce regulado por semáforos de Valladolid, con una inusual afluencia tanto de vehículos como de viandantes.
    Durante los días siguientes, el diario El Norte de Castilla tuvo que hacer casi de autoescuela para explicar a los ciudadanos cómo interpretar las nuevas señales. Por ejemplo, «si hay luz roja con una flecha de dirección en verde, la circulación está permitida solamente en el sentido de la flecha, pero no continuar de frente», apreciación necesaria porque no todos los conductores sabían descifrar la complicación del mecanismo. El 6 de septiembre de 1957, el periódico informaba de que técnicos madrileños, supervisados por personal municipal, acordaron desmontar y cambiar de ubicación algunos.
    El columnista Publio explicaba el 13 de diciembre de 1957 una nueva dificultad: el semáforo «obliga a la gente a permanecer unos momentos quieta, expuesta a la lluvia, si la luz está roja». El debate del tráfico, ya en 1957, era un clásico en EL NORTE, con protestas porque había coches «mal aparcados» en María de MolinaEste enlace se abrirá en una ventana nueva o Duque de la VictoriaEste enlace se abrirá en una ventana nueva que entorpecían el tráfico. En fin, nada nuevo bajo el sol.
    -Fuentes:
    -Valladolid Cotidiano (1939-1959). (José Miguel Ortega Bariego). ISBN: 84-95917-40-8
    -El Norte de Castilla (23-09-2010)Este enlace se abrirá en una ventana nueva
  • Añadido el 9 de noviembre de 2011
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    El Cid irlandés descansa en Valladolid


    Por Victor Vela (El Norte de Castilla)
    Vale, salvemos las distancias, pero es como El Cid Campeador. O sea, un héroe. O sea, una figura histórica que ha pasado a los libros por su valentía y por la defensa de su tierra. Es el Cid irlandés. Y yace aquí. En Pucela. Desde hace casi 410 años. Murió en Simancas en 1602. Fue enterrado en el antiguo convento de San FranciscoEste enlace se abrirá en una ventana nueva (hoy Plaza MayorEste enlace se abrirá en una ventana nueva) y ahora, una placa lo recuerda. Valladolid descubre así a Red Hugh O'Donnell (1572-1602), una figura venerada por miles de irlandeses y que los escolares de aquel país estudian como la persona que encabezó la rebelión irlandesa contra el Gobierno inglés isabelino, unas revueltas que desembocarían (de 1595 a 1603) en la Guerra de los Nueve Años.
    Callejón de San Francisco

    Foto: ABC.ES (ICAL)

    Empezamos una pequeña lección de historia. Ahí va. La reina Isabel I quiere ampliar su poder hacia el norte de la isla y propagar además el protestantismo por Irlanda. Sin embargo, allí se encuentra con la oposición de uno de los jefes gaélicos, Hugh O'Neill, quien quiere preservar su territorio y religión. No duda en entablar una lucha. Para dotarse de armas y apoyo internacional, tanto Hugh O'Neill como Red Hugh O'Donnell (rey de uno de los condados del norte de la isla, su padre abdica en 1587), se dirigen a Felipe IIEste enlace se abrirá en una ventana nueva y solicitan su ayuda contra los enemigos comunes (ingleses y protestantes). La consiguen. La corona española envía a 4.000 soldados, que desembarcan en la bahía de Kinsale (muy cerca de la ciudad de Cork).
    Aunque sin mucho éxito. En enero de 1602, las tropas irlandesas y españolas son derrotadas. Nuestro hombre, Red Hugh O'Donnell, tiene que huir y se refugia en España. Primero en La Coruña, pero muy pronto se decide a emprender viaje hasta Castilla para reunirse en Valladolid (capital de la Corte) con el nuevo rey Felipe III y convencerle para que apoyara una nueva revuelta. El monarca quizá le da buenas palabras. Y O'Donnell regresa satisfecho a La Coruña.
    Pero meses después, y sin noticias del rey, emprende un nuevo viaje desde Galicia a Valladolid. Sin embargo, en su camino, O'Donnell cae enfermo (hay leyendas que dicen que intervino un espía inglés) y fallece el 10 de septiembre de 1602 en el castillo de Simancas (el Archivo). Sus restos fueron depositados en el convento de San FranciscoEste enlace se abrirá en una ventana nueva, pero al desaparecer el inmueble, nada más se sabe sobre la tumba. El Ayuntamiento colocó una placa en el callejón de San FranciscoEste enlace se abrirá en una ventana nueva donde recuerda (en un texto escrito en español, inglés y gaélico) a un héroe irlandés que encontró la muerte en Valladolid.
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