Valladolid,
Ayuntamiento de Valladolid

Ayuntamiento de Valladolid

Logo Ayto. Valladolid

Listado de entradas

  • Añadido el 9 de marzo de 2018
    Votos:
    +1
    -2
    Foto: Juan José Romero Rioja
    Por Oscar Fraile (El día de Valladolid)
    Madrugada del 3 de marzo de 1988. Estación de trenes de Valladolid. A las 3.00 horas el expreso número 861 procedente de Madrid y con destino a Santander se encuentra parado en el andén 1. Por detrás, en la misma vía, se acerca otro expreso, el Costa Vasca, que también partió de la capital, pero con destino a Bilbao. Faltan apenas unos segundos para que un fallo en el sistema de frenado derive en el mayor accidente ferroviario de Valladolid de la historia moderna, del que ayer se cumplieron 25 años.
    Todo sucedió muy rápido, el Costa Vasca embistió a 45 kilómetros por hora al convoy estacionado y provocó una tragedia que acabó con ocho personas muertas y 30 heridas. Y pudo ser peor, porque el vagón de cola del expreso cántabro, que estaba cargado con automóviles, amortiguó el golpe antes de que el tren llegara al siguiente vagón, un coche cama en el que viajaban diez personas. Ocho murieron, otra resultó ilesa y a otra hubo que rescatarla después de que se quedara atrapada por el brazo.
    Entre los fallecidos se encontraba el consejero de Obras Públicas del Gobierno Cántabro, Félix Ducasse. Además, la persona que quedó atrapada era Juan Tarín, director general de Agricultura del mismo ejecutivo.
    Foto:Cacho (El diario Montañés)
    El motivo principal del accidente fue un fallo en los frenos. Según cuentan las crónicas, el maquinista se dio cuenta de que algo no iba bien cuando circulaba a 75 kilómetros por hora e intentó reducir, sin éxito, la velocidad. A poco más de un kilómetro para entrar en la estación tomó la drástica decisión de desconectar el fluido eléctrico y dejar sin potencia la locomotora. Pero no fue suficiente. El maquinista tuvo que saltar literalmente del tren y el impacto arrugó como un acordeón el vagón cargado de coches y llegó a incrustarse en el que viajaban pasajeros.
    Las tareas de rescate fueron muy complicadas. Al no poder utilizarse sistemas eléctricos, por el peligro que entrañaban para los posibles supervivientes, los Bomberos tuvieron que valerse de una grúa y desguazar poco a poco el tren. Así, hasta pasadas cuatro horas no pudieron sacar el primer cuerpo sin vida. Una chica de 19 años.
    Entretanto, un equipo de psicólogos hablaba con algunas de las personas que estaban conscientes en el interior, entre ellos Juan Tarín, que estuvo atrapado por el brazo desde las 3.00 hasta que lograron sacarle a las 8.15 horas. A las 9.30 los servicios de emergencia lograron sacar por el techo a otro fallecido y en las tres horas siguientes se rescató a todos los demás.
    El accidente provocó un gran impacto en la sociedad vallisoletana. A primera hora de la mañana estaban allí casi todas las autoridades. El por entonces alcalde de la ciudad, Tomás Rodríguez Bolaños, se encontraba en Madrid, pero no faltaron el presidente de la Junta de Castilla yLeón, José María Aznar;  el portavoz del Gobierno, el vallisoletano Miguel Ángel Rodríguez; y el presidente de Renfe, Julián García Valverde.
    Hasta tal punto tuvo impacto esta tragedia en Valladolid que al funeral de las ocho víctimas, que se celebró al día siguiente, acudieron unas dos mil personas. El acto funerario tuvo lugar en la Catedral de Valladolid, aunque todos los fallecidos fueron trasladados a su lugar de origen, Cantabria, donde se les enterró.
    El maquinista no activó los frenos de emergencia
    Aunque la causa principal del accidente fue un fallo en los frenos, el maquinista del tren que se dirigía a Bilbao no activó el sistema de emergencia. El Boletín Oficial del Senado del 24 de mayo de 1988 recoge varias preguntas del senador almeriense Manuel Arqueros Orozco sobre las causas de este siniestro que van dirigidas al ministro de Fomento, que por entonces era Abel Caballero.
    En una de las respuestas recogidas en este documento se asegura que una de las causas del accidente fue «el no accionamiento de las válvulas de urgencia (maquinista) ni de socorro (ayudante) en ninguna de las dos locomotoras». Desde el Gobierno explican que es una conclusión que se deduce de las pruebas y «tras una profunda y exhaustiva investigación». Cabe recordar que este trabajador de Renfe fue sometido a la prueba de alcoholemia tras el accidente y el resultado fue negativo.
    Algunos meses después el Juzgado de lo Penal número dos de Valladolid condenó al maquinista y a su ayudante a diez días de arresto menor y al pago de una multa de 75.000 pesetas por una falta de imprudencia.
    Además, el juez dictaminó que deberían indemnizar con casi dos millones de pesetas a a Concepción Acedo y con 300.000 a Antuisa Rodríguez, las dos únicas lesionadas que llevaron el caso a los tribunales, según cuenta el diario El País en su edición del 28 de julio de 1990.
    Desde el Gobiero se dieron algunas explicaciones más sobre las causas del accidente. Eso sí, de carácter muy técnico. Por ejemplo, «tener la locomotora 269-032 en su relé principal el cuerpo móvil de la válvula de corte agarrotado».
    Fuente: http://www.eldiadevalladolid.com/noticia/ZEC5B7FF5-DEB9-9EB0-AAB2786011372ABC/20130304/25/a%C3%B1os/horror/viaEste enlace se abrirá en una ventana nueva
  • Añadido el 5 de marzo de 2018
    Votos:
    +1
    -0
    Así era la fábrica antes del incendio
    «Fue visto y no visto. Cuando advertimos el fuego ya no se podía hacer nada por sofocarlo». Eran las declaraciones al periodista de El Norte de Castilla de uno de los 15 obreros que en ese momento, 2 de mayo de 1976, integraban la plantilla de la histórica fábrica de harinas ‘La Magdalena’. El desastre fue monumental:
    «En poco más de dos horas quedó destruida la fábrica de harinas», informaba el decano de la prensa; «el incendio comenzó a las nueve de la mañana. En el interior de la fábrica trabajan quince de los cuarenta obreros que integran la plantilla. La rapidez con que el fuego se propagó impidió a los quince obreros, que habían comenzado su turno a las seis de la mañana, hacer uso de las mangueras interiores».
    ‘La Magdalena’, ubicada en el Paseo del Arco de Ladrillo, había sido totalmente engullida por las llamas. Valladolid decía adiós a una fábrica emblemática, levantada por el conocido industrial Emeterio Guerra Matesanz en 1914 y que en ese momento, como apuntaba El Norte de Castilla, «era la de mayor capacidad de molturación de toda Castilla».
    Poco pudieron hacer para salvarla los integrantes del segundo retén de guardia y de la Segunda Sección del Cuerpo Municipal de Bomberos, al mando de los cuales se encontraba el capataz, Claudio Misiego: en plena faena se quedaron sin agua, lo que obligó a que se incorporaran colegas de la Tercera Sección, al servicio de extinción de incendios de la empresa FASA-Renault y al Cuerpo de Bomberos de la Base Aérea de Villanubla.
    Hasta las doce de la mañana no pudieron controlar el fuego: «Los bomberos hubieron de trabajar en medio de un calor insoportable. La harina acumulada en la factoría provocaba periódicas explosiones y las llamas llegaron a alcanzar muchos metros por encima de la cubierta del edificio, que se vino abajo estrepitosamente, cayendo sobre la maquinaria», informaba este periódico.
    Nadie supo a ciencia cierta las causas del siniestro: «Pudo ser un cortocircuito, pudo ser el calor provocado por la fricción de un elevador», señalaba el director-gerente, quien rehusó aportar datos precisos sobre las pérdidas ocasionadas –se especulaba con una cantidad próxima a los doscientos millones de pesetas- y señalaba que «la fábrica estaba asegurada y que, aunque construida hace tiempo, era una factoría actualizada».
    Lo cierto es que ‘La Magdalena’ era la empresa harinera más relevante de las fundadas por el industrial Emeterio Guerra en capital y provincia, el mismo que en febrero de 1930, en pleno ocaso de la Dictadura de Primo de Rivera, había sido designado para ejercer interinamente la alcaldía.
    Como ha escrito Miguel Ángel Carrera, la fábrica comenzó a funcionar en 1914 en el Paseo del Arco de Ladrillo, donde el empresario era dueño de unos edificios situados en el mismo lugar donde estuvo el parador «La Alegría». El conjunto constaba de cinco edificios: cuerpo de fábrica, almacén de trigo, almacén de harina, silos y edificio cuartel. Estos últimos se construyeron posteriormente: los silos en 1959 y el edificio cuartel en 1937.
    El gran edificio constaba de sótano, planta baja y dos alturas, con dos torres que sobresalían de su fachada principal, la cual constituía, junto con las laterales, lo más destacado de todo el conjunto. De hecho, fue considerada la más estética de todas las fábricas de harinas de la región.
    No solo eso: ‘La Magdalena’ llegó a ser la de mayor capacidad de toda la provincia (llegó a molturar más de 80.500 kilogramos al día y a mediados de los 50 era calificada como «la más importante de Castilla la Vieja»), y, como nota curiosa, en noviembre de 1917 ya sufrió un pequeño incendio a causa de una explosión provocada, según el periódico, por la imprudencia de unos obreros que se sirvieron de una vela para colocar los tornillos de la maquinaria; además, desde 1922 contaba con cuatro bocas de riego propias para evitar otro caso similar.
    Hasta el 5 de mayo de 1939, fecha en la que se constituyó la sociedad «Emeterio Guerra S.A. Industrias Electro-Harineras Castellanas», la actividad empresarial la realizaba a título personal el propio don Emeterio. Tras el incendio del 2 de mayo de 1976, del edificio vallisoletano solo quedaron las fachadas.
  • Añadido el 2 de marzo de 2018
    Votos:
    +0
    -0

    Arrancó hace 100 años, en primavera y se recrudeció en septiembre. En total, entre 50 y 100 millones de muertos en todo el mundo, un 2,5-5% de la población. El primer brote de gravedad se registró en marzo en Kansas, de donde pasó a Europa. Eran tiempos duros, los de una I Guerra Mundial que aún duraría unos meses más. La firma del armisticio de paz, en noviembre, coincidirá con el final de la epidemia.
    Ésta pasó de Francia a España y, debido a que nuestro país informó sin cortapisas, libre como estaba, merced a su neutralidad, de las ataduras censoras de los países contendientes, llegó a calificarse como 'gripe española'.
    Teorías hay que defienden el contagio de españoles y portugueses en el país vecino, a donde habían acudido como mano de obra necesaria ante los rigores de la contienda. En Valladolid arrancó, cuentan, en Medina del Campo, precisamente a raíz de un contagio con portugueses recién llegados del país galo.
    Ya en primavera, informes coetáneos hablan de decenas de muertos. Mas lo duro, lo durísimo, comenzó a finales de septiembre de 1918. Porque si ya era alarmante contar a diario con un número fijo de siete a nueve fallecimientos a causa de la gripe, el día 26 saltaron las alarmas ciudadanas al tener noticia de que 24 horas antes, la epidemia se había cobrado 13 víctimas. No digamos ya cuando, setenta y dos horas después, esa cifra ascendía a 20.

    El 27 de septiembre, la Junta provincial de Sanidad declaró oficialmente la epidemia en Valladolid. La prensa se hizo eco el 1 de octubre.
    La Circular, inserta en el Boletín Oficial de la Provincia, venía acompañada de instrucciones claras para evitar el contagio: "Siendo un hecho de observación comprobado que el único preservativo de contagio de la gripe depende de la incomunicación de los sanos con los enfermos y mucho más con los convalecientes (…), como asimismo que las reuniones y aglomeraciones públicas son la principal causa de la propagación epidémica de dicha enfermedad, queda terminantemente prohibido en los pueblos contaminados toda clase de fiestas y espectáculos de carácter público en espacios mal ventilados".
    Hacia el 30 de septiembre el brote surge con fuerza en la comarca más próxima a Olmedo, donde la peste hace estragos Valladolid, y en toda la ribera del Duero en general, donde a estas alturas la pandemia ha desencadenado ya miles de fallecimientos. 
    El Dr. García Durán, jefe de salud de Valladolid, describió como la enfermedad apareció en la provincia tras la celebración de la festividad de San Antolín en Medina del Campo. Para empeorar las cosas, se convocaron oficios religiosos multitudinarios para rogar por el fin de la enfermedad, lo que provocó un aumento de los contagios. En algunas áreas la mortalidad fue elevadísima, así por ejemplo en la ciudad de Zamora llegó a alcanzarse una tasa de mortalidad de 10 muertes por cada 1000 habitantes. La situación fue tan grave que se utilizaron en el papel de voluntarios médicos a los estudiantes de medicina.

    Además de publicarse las estadísticas de mortalidad, en la prensa se empezaron a difundir noticias sobre agravamientos o fallecimientos de personajes importantes de la época. La primera de ellas fue mostrada en el periódico ABC desde Viena el día 1 de julio de 1918 (pág. 10), mediante radiograma: "La Emperatriz de Austria se encuentra enferma a causa de una ligera gripe; pero como la enfermedad sigue su curso normal, se prescinde de dar el informe médico". Posteriormente el 7 de octubre de ese año, en la página 16 del mismo periódico desde Valladolid se comunicaba: "Ha fallecido el médico de San Miguel del Arroyo. En este pueblo hay numerosos atacados. 
    ¿Cómo se intentaron evitar los contagios? En muchos países se prohibió escupir, se cerraron cines, teatros y en algunos incluso las escuelas. Pero quedaron abiertos los centros de culto religioso. 
    Las restricciones contra las aglomeraciones, las mascarillas y aspirinas resultaron inútiles. Lo que acabó con la gripe fueron los efectos de la propia gripe: se llevó por delante a las personas menos sanas, fue especialmente inclemente con los que ya padecían otras enfermedades y los más débiles.
    Los supervivientes quedaron inmunizados. La población mundial se redujo drásticamente. Pero se recuperó pronto: a la gripe de 1918 y al fin de la guerra les siguió una euforia reproductiva.
    Fuentes: El Mundo.es - El Norte de Castilla - ABC
  • Añadido el 2 de marzo de 2018
    Votos:
    +0
    -0

     Foto AMVA
    A escasos metros del Hotel Conde AnsúrezEste enlace se abrirá en una ventana nueva y un año después, se inauguró el Hostal Florido, un atractivo proyecto impulsado por Numeriano Riñón Martínez, cocinero de gran prestigio y largo recorrido profesional. Dado su tamaño y aunque su fachada era muy atractiva fue catalogado como hostal, habitaciones más pequeñas, no es obligatorio el ascensor ni el cuarto de baño en todas las habitaciones, ni tampoco comedor, si bien el Florido disponía de uno de bastante capacidad.
    El hostal tenía 110 habitaciones y 50 cuartos de baño, distribuidos entre los cuatro pisos del edificio. 
    Foto AMVA
    Para captar clientes, se inventó un slogan que salía en muchos anuncios, Todo por Valladolid, que se traducia en precios realmente económicos. Comer o cenar, tanto en el hostal como en la piscina, costaba 25 pts, y en las fiestas de la parrilla, con baile incluido, 60 pts.
    Los banquetes de boda y homenajes eran otra de las señas de identidad de este establecimiento, que ofrecía atractivos menús a precios razonables.
    Numeriano Rincón siempre pensaba en expandirse, en ampliar sus horizontes profesionales, así que en 1963 se hizo cargo de la explotación del restaurante de la recientemente creada Feria de Muestras que, respondiendo a su dinámico caracter, amplió sucesivamente con el bar-grill Cristina y el restaurante espectáculo Rinumar.
    Esta terraza acristalada, conocida como La Pajarera gozó
    del favor del público durante los años en que estuvo abierta.
    Era una copia de los bistrós parisinos
    Foto: José Miguel Ortega
    Tal vez demasiado, de modo que muy a pesar suyo se vio obligado a cerrar, en 1973, la que había sido la joya de la corona de su emporio, el hostal Florido, que fue derribado para convertirlo en un edificio de apartamentos, aunque la gente que conoció el hostal siempre le hará un huequecito en el bosque de su memoria.

    Fuente: Cuatro siglos de hospedaje en Valladolid (José Miguel Ortega) ISBN:978-84-9001-506-3
  • Añadido el 16 de octubre de 2017
    Votos:
    +1
    -1
    Radio Valdeprado instaló en su escaparate un receptor donde los atónitos vallisoletanos pudieron disfrutar de las primeras emisiones de televisión
    La hacedora del milagro fechado el 19 de julio de 1959, una emisora provisional de 50 watios instalada en la sierra de Navacerrada.
    «La TV ha llegado a Valladolid», recordaba el extinto Diario Regional, que (y como si de un serial de suspense se tratara) venía informando de los pasos tecnológicos que posibilitarían la irrupción de las aventuras de Cisco Kid y el Agente X o las propuestas musicales de Hoy es fiesta y Alta Fidelidad en los salones de algunos privilegiados y en las vidas de quienes frecuentaban El Café del Norte, el Salón Ideal y el Ideal Nacional, los tres establecimientos de la ciudad que estrenaron "contertulio". «Estos días hemos visto cómo la charla bajaba de tono cuando la acción de la pantalla tenía más interés y había quien se olvidaba de su café, ya frío, pendientes de las predicciones meteorológicas de don Mariano Medina», describía el reportero Rafael González en la edición del 8 de agosto de 1959, en la que se publicaba una curiosa foto tomada en el antiguo café Ideal Nacional. En ella, un técnico «montando guardia junto al receptor», subido a una escalera para vigilar su correcto funcionamiento. Escenas de las que fue protagonista el fundador de la empresa de telecomunicaciones Reantel y padre de quien habla, Josué Santiago. «Las primeras instalaciones fueron en bares y teleclubes de pueblo. Era muy poquita la gente que compró uno, sobre todo del entorno de la Acera de Recoletos y la Plaza Mayor, porque los televisores salían carísimos». De 16.500 a 32.000 pesetas, el salario de seis meses a un año del español medio.
    Y así, a cuenta gotas, los pedidos a Marconi, Telefunken y General Eléctrica Española fueron llegando al almacén de Ruano, principal abastecedor de los vecinos de Las Delicias, Pajarillos o Vadillos-San Juan. «Teníamos las justas», recuerda Eladio Miguel, gerente del comercio fundado en la calle Labradores en 1954, «y el 99% se adquiría a plazos, con letras a pagar de 12 a 18 meses». Aparatos de 20 pulgadas «y mucho fondo» como el que, poco tiempo después, entraría en el piso de la calle de la Pólvora del que Bernardina Vallés hizo un hogar. Eso sí, pagado «al contado» con los ahorros de años.
    «Nunca se me olvidará la primera vez que la vi. Si prácticamente no había pisado ni Segovia cuando vinimos a vivir a Valladolid desde Navas de Oro...», y Vallés deja en suspenso la frase para recuperar las sensaciones de la joven madre que contemplara absorta los fastos que rodearon la boda de Balduino de Bélgica y Fabiola de Mora y Aragón en diciembre de 1960. El escaparate escogido en aquella ocasión por un tumulto de curiosos, «el de un comercio que había frente al salón de helados Ideal. Uno de los primeros de la ciudad en el que podías encontrar de todo». Estampas públicas que pronto dejaron paso a las reuniones de salón como las que congregaban cada viernes a los vecinos de esta segoviana, «éramos los únicos que teníamos televisor», con la interminable huida de El fugitivo como excusa. «La televisión se extendió enseguida, casi diría que más rápido que la radio porque en España ya se andaba mejor de manteca», apunta el septuagenario Eliodoro García mientras chasquea los dedos de su mano derecha e incide en que los más mayores «tardaron tiempo en comprender» cómo funcionaba aquel artilugio que popularizó «la voz del cordobés Matías Prats». El tenis de santana. En casa de Mª Carmen Gonzalo, hija del vigilante jurado de la fábrica textil de la calle Titán, el doctor Kimble cedió protagonismo al nacional Manolo Santana y «sus pantaloncitos cortos». «Los jefes pasaban por casa a ver los partidos», aclara quien rescata de la parrilla de los 60 y 70 Un millón para el mejor, Cesta y puntos, Crónicas de un pueblo... Pero, sobre el resto de la programación, aquellos primeros boletines informativos (la emisión comenzaba a las 20.45 horas) leídos en directo y sin imágenes. Telediarios que hablaban de lo sucedido a cientos o miles de kilómetros y que contribuyeron a construir un mundo globalizado y modificar el pequeño horizonte pucelano.
    «Los programas de radio nos mantuvieron embelesados de niños, pero la magia de la televisión era incuestionable», sentencia Eladio Miguel antes de invocar con nostalgia las tardes-noche de «bares de barrio y vino», de «sillas en la calle, de tertulia y juegos al sereno del verano» desbancadas por los encuentros frente a la (ahora más que nunca) caja tonta que ocupara un sitio privilegiado en la casa molinera de una tía. «Nos cambió y, poco a poco, acabó con la vida social»
  • Añadido el 5 de septiembre de 2017
    Votos:
    +0
    -0
    Uno de los empresarios mas emblemáticos en la tierra de Campos fue Osmundo Margareto. Su primera incursión en el mundo del cine fue en el año 1939, cuando adquirió la subasta municipal para la utilización del Teatro Principal.
    A partir de estos momentos liderara el mercado comarcal de explotación cinematográfica, al abrir otras dos salas en Rioseco y también en otros pueblos de la comarca.
    La modernización del Teatro Principal y la búsqueda de superproducciones cinematográficas y teatrales inician los años dorados del cine.
    En 1950 pone las siglas de su nombre a la nueva sala que edifica en el antiguo Salón Ideal. Nacía así el cine Omy hasta su cierre en 1986.
    Las instalaciones fueron de las mas modernas para la época, llegando a tener, incluso, generador eléctrico para subsanar eventuales perdidas de luz.
    La capacidad superaba las trescientas cincuenta personas en butacas, principal y general. La película ¨ Las zapatillas rojas ¨ inauguro el establecimiento.
    El inmueble actualmente se encuentra en estado de ruina, esperando una improbable rehabilitación, lo que le condenará casi con toda seguridad a su desaparición.
  • Añadido el 27 de agosto de 2017
    Votos:
    +2
    -0

    Por Raúl Benito González
    A principios de los años 40 del siglo XX, llegó a Cigales un matrimonio procedente de Cataluña. Él era catalán, se llamaba José Ferrer, ella de Cigales y se llamaba Antonina, aunque todos la conocían como Nina-.
    Venían con gran ilusión de construir un cine en Cigales, el pueblo de la Nina, porque según se comentaba entonces, este señor Ferrer llevaba varios cines en Barcelona y de ahí el gusanillo de querer construir un cine en Cigales.
    Había que buscar un terreno adecuado y se eligió un lugar llamado Glorieta, un descampado en círculo que estaba rodeado de acacias y donde solían hacer parada las ovejas merinas que hacían trashumancia de Extremadura a Soria y viceversa. De modo que allí comenzaron las obras con un resultado muy positivo.
    El cine se empezó en el año 1944 y se inauguró en 1946, el 1 de noviembre, con la obra de teatro Don Juan Tenorio, representada por la compañía de Ángel Velasco. El 25 de diciembre se estrenó con la película Sin novedad en el Alcázar y un documental. De esta forma nació el CINEMA FERRER. Fueron unos años muy bonitos y de esplendor para Cigales.

    Ya con el cine en su apogeo, teníamos el rito de los domingos a la salida de misa mayor, acercarnos la mayoría a ver la cartelera de la película que pondrían por la tarde -había una sesión de tarde y otra de noche- y además nos gustaba llegar a su hora para no perdernos el NO-DO, y también el reportaje que ponían de la película que pasarían al domingo siguiente.
    Pasó un tiempo de explotación del cine por el señor Ferrer, pero bien por motivos de salud, por los años, o por lo que fuera, el caso es que un día decició venderlo. Ferrer dejó el cine al último día de 1947.
    El 1 de enero de 1948 se hizo cargo del cine Heraclio Sanz, un labrador del pueblo de Cigales, y entonces se cambió de nombre. Pasó a llamarse CINEMA SANZ. 
    Pero por los años 60 empezaron a llegar las televisiones y entonces ya no hacía falta ir al cine, porque le tenías en casa a diario. De ahí el fracaso de los cines, no sólo en Cigales, sino en todos los pueblos.
    Con tal decadencia de público el cine se cerró. Estuvo unos años así, hasta que la fiebre de la construcción, o del ladrillo se lo engulló. Así que el terreno lo adquirió una constructora, lo derribó y el resultado, es un bloque de casas, que al menos se sigue conociendo como el edificio del cine. Y he  aquí el significado de ello. Y Cigales se va haciendo más grande y cada vez más y más... grande.

    Fuente:  CIGALES, HISTORIA VIVA: EN ESTA VILLA CONTAMOS TODOS (RAÚL BENITO GONZÁLEZ) , 2007
    ISBN: 9788478522590
  • Añadido el 12 de agosto de 2017
    Votos:
    +3
    -1
    El Escudo de España en una fotografía de mediados de los años 60
    Su historia es la historia de tres generaciones que se remonta al 14 de marzo de 1914, cuando un emprendedor industrial vallisoletano, Julián de la Fuente Turienzo, que tenía una tienda en la calle Santiago dedicada a mercería y camisa a medida, adquiere un local en el número 12 de la Acera de San FranciscoEste enlace se abrirá en una ventana nueva (hoy calle Ferrari) y lo bautiza con el nombre de ‘El Escudo de Bilbao’, debido al gran número de universitarios de Bilbao que entonces estudiaban en Valladolid, pero por motivos políticos durante la guerra le taparon la fachada para evitar lios y le cambiaron el nombre por el de "El Escudo de España".
    Foto: J.M. Lostau para El Mundo Castilla y León
    Alfonso de la Fuente de Barrio, nieto del fundador, fue el único de los tres hermanos -el más pequeño- que continuó al frente del negocio hasta su cierre en 2008. Los otros dos hermanos, Julián y Conchita, también estuvieron ligados al mismo hasta que se jubilaron, aunque no de una manera tan directa como Alfonso.
    Los tres conformaban la tercera generación de una "familia de comerciantes de toda la vida", explica Alfonso, ya que tras el fallecimiento del fundador, siguió con el negocio su hijo y padre de los tres hermanos: Eugenio de la Fuente Álvarez, fallecido en 1973.
    Alfonso de la Fuente posa tras el mostrador en el que trabajó durante medio siglo.
    Foto: EL DÍA DE VALLADOLID
    Eugenio, que en su juventud fue jugador de fútbol y llegó a militar en las filas del C.D. Español de Valladolid, fue uno de los fundadores en el año 1928, junto con el Real Unión, del Real Valladolid Deportivo (Real por Unión y Deportivo por el Español). Su gran conocimiento del mundo deportivo fue también decisivo para la incorporación al negocio de artículos relacionados con esta parcela como escudos, insignias, bufandas, banderines... llegando a suministrar balones, camisetas o botas a los equipos pioneros de fútbol local.
    "Quién nos iba a decir, recuerda Julián, que todos estos artículos despertarían, sesenta años después, en 1982 -el año de la celebración del Mundial de Fútbol en España- el interés de los integrantes de las selecciones de KuwaitEste enlace se abrirá en una ventana nueva y Francia y de sus aficionados. Incluso a la televisión francesa le debieron resultar tan peculiares los artículos que emitieron un reportaje sobre la tienda".
    La verdadera transformación se produjo en los años 50. Botones, camisas y calcetines fueron relegados a un segundo plano. Su puesto fue ocupado paulatinamente por artículos de regalo y recuerdos destinados fundamentalmente al turismo extranjero como abanicos, toreros, sevillanas... lo que convirtió a ‘El Escudo de España’ en uno de los establecimientos de Valladolid pioneros en esta actividad.
    Foto: El día de Valladolid
    "El atractivo de todos estos artículos para el turismo extranjero es innegable, explica Alfonso, pero no podíamos ni queríamos dejar de lado ‘lo nuestro’. Por eso fuimos incorporando productos propios y totalmente identificativos de Valladolid como la alfarería de Portillo, muñecas con el traje típico de Valladolid, cerámicas, camisetas con estampaciones de los principales edificios de la ciudad...".
    Un día una norteamericana vio en la tienda una bandera con el toro y me dijo literalmente: "Quiero esta misma bandera pero con los cojones más grandes".
    ‘El Escudo de España’ uno de los pocos reductos de comercio tradicional cerró sus puertas el 1 de abril de 2008, Alfonso dijo entonces que, como ocurre en la mayoría de negocios familiares, la cuarta generación "opta por ejercer otras actividades al haber vivido muy de cerca los sacrificios que exigen estos pequeños negocios".
    De los diez biznietos que integran la cuarta generación, ninguno sintió el ‘gusanillo’ de continuar con esta tradición centenaria. 
    Pero Valladolid no se quedó sin tienda de souvenires. Pocos meses antes del cierre abrió en la Plaza del OchavoEste enlace se abrirá en una ventana nueva un nuevo establecimiento regentado por Montse Corrales- "Alfonso nos animó mucho porque la ciudad necesita una tienda así", concluye ilusionada.
    -Fuente: El Día de Valladolid
  • Añadido el 10 de agosto de 2017
    Votos:
    +2
    -1

    En la calle Ferrari, se ubica Mentaberry, la juguetería que a finales de los años 30 del pasado siglo nació de la mano de Enrique Mentaberry. Hoy su nieto, Juan José Viloria, es quien regenta este negocio familiar que trata de conservar el espíritu de los grandes bazares. Los juegos de mesa y otros aparatos electrónicos comparten escaparate donde antes lo hacían vehículos de hojalata, peonzas... «Antes los juguetes "estrella" eran los muñecos y caballitos de cartón. Con la televisión todo ha cambiado. Triunfa lo que sale en las series», comenta el actual propietario.
    Juanjo recuerda cómo la llegada de las grandes superficies revolucionó el negocio, que se vio abocado a buscar otros productos que lo diferenciasen de la competencia. «Hemos tendido hacia el juguete más tradicional, aquél que el padre quiere casi más que el hijo». Hoy a Mentaberry acuden a comprar los hijos y nietos de sus primeros clientes. «Es gente a la que no le gustan las aglomeraciones y prefieren un trato más personal». Dice Juanjo que en estos últimos setenta años no ha cambiado el perfil del consumidor «niño», que mantiene la misma ilusión, pero sí de los mayores. «Antes se buscaban cosas más curiosas y ahora se tiende a lo práctico: ropa y poco más».
    Foto: F. HERAS (ABC)
    Juan José Viloria, frente a la juguetería Mentaberry que regenta
  • Añadido el 8 de agosto de 2017
    Votos:
    +4
    -1
     
    En el año 1326, Alfonso XI de Castilla entrega el lugar de Mucientes "con su castiello" a su mayordomo mayor Alvar Núñez Osorio. El documento es la primera mención escrita de lo que fue un edificio modesto, utilizado hasta el siglo XVII como palacio residencial por los sucesivos condes de Ribadavia, señores de Mucientes.
    En sus, al menos, 400 años de existencia, la fortaleza fue testigo de visitas reales, de confinamientos, de asaltos… Pero, sin duda, su momento de mayor esplendor lo alcanza cuando es utilizado como Palacio Real –y por tanto capital de los reinos de Castilla– durante la primera semana de julio de 1506. En aquellos días de ambiciones e intrigas, Felipe I de Castilla 'el Hermoso' intentó –sin éxito– que los procuradores castellanos inhabilitaran para las labores de gobierno a Juana I de Castilla 'la Loca'. Cuentan las Crónicas que "doña Juana estaba sola, en una sala oscura, sentada en una ventana, vestida de negro y unos capirotes puestos en la cabeza que le cubrían el rostro".
    Durante la guerra de las Comunidades de Castilla, las tropas de la Junta, al mando de Padilla, conquistan Mucientes el 5 de febrero de 1521 y ponen a Juan de Mendoza al frente de la defensa del castillo. Aunque la Junta de Valladolid ordenó el "derrueque" de la fortaleza, esta orden no llega a ejecutarse.
    En 1751, el Catastro de Ensenada aporta las medidas de la fortaleza: 60 varas de frente por 220 varas de fondo [50 x 185 metros], describiéndolo ya como "un castillo arruinado, con diferentes trozos de muralla en su circunferencia". En 1823 se autoriza a sacar piedra de dos paredes para "obras de utilidad común". Un siglo después, en 1932, siguen arrancándose sillares "para las obras de los lavaderos de la fuente nueva". El fin estaba próximo: diez años después, la 'cantera' se había agotado.
    En 2006, con motivo de las celebraciones del V Centenario de aquellas Cortes de Mucientes, el Ayuntamiento protege en su planeamiento urbanístico el altozano, el foso y sus alrededores para que, en unos años, se convierta en un gran parque público con los restos recuperados del castillo como eje central.
    La excavación arqueológica comenzó en el mes de octubre de 2006. Seis meses después ya habían sido descubierto los arranques de los muros de las caras norte y este, además de buena parte del pavimento original del patio de armas y de la torre del homenaje, capiteles y tambores de columnas, el aljibe, etc.
    Fuente texto : Wikipedia
Criterios generales

Nube de etiquetas

Plaza Mayor, 1. 47001 Valladolid, España.
Teléfono: +34 983 426 100